Analistas

El peso digital colombiano

Las monedas digitales harán parte del paisaje monetario, financiero y transaccional del futuro. Sobre eso no tenemos dudas. Lo que aún no está claro es la velocidad con la que irán creciendo ni la forma en la que irán desplazando o complementando a las monedas tradicionales. Tampoco está claro cuál será el rol de los bancos centrales en ese nuevo mundo. Si bien esos caminos futuros son inciertos, empieza a haber un creciente consenso que indica que los bancos centrales no pueden quedarse mirando el partido de las monedas virtuales desde la raya de campo sin participar de él. Eso sostienen en un reciente ensayo los profesores Bordo y Levin de las universidades de Rutgers y Dartmouth, respectivamente. Bordo y Levin cuentan que ya varios bancos centrales de países importantes a nivel económico tienen una estrategia avanzada sobre la manera en que incursionarán en las monedas digitales. Apuntan que en esa lista están Suecia, el Reino Unido, Noruega e incluso la China.

El mundo de las monedas virtuales ha estado en manos privadas, siendo bitcoin y ethereum las dos más exitosas. A diferencia de como funcionan las monedas virtuales privadas, Bordo y Levin proponen una moneda digital de un banco central basada en cuentas individuales (no anónimas) que los nacionales jurídicos o naturales podrían tener con el mismo banco central. En la propuesta de Bordo y Levin la tasa de política monetaria que usaría el banco central sería la que retribuiría esas cuentas. La relación directa entre el banco central y los ciudadanos vía las cuentas digitales remuneradas haría la política monetaria más transparente.

Otra ventaja frente a las monedas privadas es que no habría incertidumbre sobre la tasa de cambio de esa moneda frente a la de papel. Los usuarios tendríamos la posibilidad de hacer pagos y transferencias usando esos recursos tal cual lo hacemos ahora con una tarjeta débito o con celulares. Así la moneda sería un medio de pago con todas las características deseables del mismo, incluyendo que su uso sería prácticamente gratuito. La formalización crecería especialmente si pasar los recursos de medio digital a papel moneda tiene un costo, pero la transacción contraria-es decir comprar moneda digital con papel moneda-es gratuita.

Señalan los autores otra ventaja: en caso de que lleguen malos tiempos económicos y el banco quiera bajar tasas lo podría hacer incluso por debajo de cero, es decir, a diferencia de la reciente crisis del mundo desarrollado, los bancos centrales no se estrellarían contra el hecho de no poder bajar las tasas a terreno negativo. Sobre ese particular me quedan dudas sobre la posibilidad de hacerlo en la práctica: si la relación entre el público y el banco central es directa resultaría políticamente complejo implementar tasas negativas que descreman los saldos que la gente tiene en moneda digital.

Uno puede o no estar de acuerdo con los detalles esgrimidos en este ensayo, pero es difícil no estar de acuerdo con la sugerencia general: los bancos centrales tienen que moverse velozmente antes de que el terreno lo copen monedas privadas como las actuales con todos los riesgo que acarrean o que los bancos privados produzcan sus propias versiones con el peligro monopólico que estaría asociado a su éxito. Le llegó la hora al Banco de la República de dar pasos hacia el peso digital colombiano.