Analistas

Banca Central y Comunicación

Ben Bernanke fue el presidente del Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos entre 2006 y 2014. Recibió el cargo que había ostentado durante casi dos décadas Alan Greenpsan, al que muchos calificaban, a su salida de la presidencia, como el mejor banquero central de la historia. Bob Woodward, el célebre periodista que ayudó a destapar el escándalo de Watergate que terminaría tumbando al presidente Nixon, escribió en 2000 un libro sobre Greenspan y su manejo del FED cuyo título sintetiza los zapatos que debió calzarse Bernanke: “Maestro.” La historia será más dura con Greenspan: un par de años después de su retiro estallaría la peor crisis financiera en décadas en Estados Unidos y quedaría claro que sus semillas se habían sembrado durante su presidencia. 

Bernanke lideró la reacción del FED a esa crisis y se adentró en terrenos nunca antes recorridos en política monetaria y regulación financiera. Tras dejar su cargo en 2014, escribió las memorias de la crisis. En casi 600 páginas da su versión de los hechos, sus razones, éxitos, errores y frustraciones en la que se convertirá en una lectura obligada para cualquier banquero central. 

Hay una faceta en la que la Banca Central ha cambiado en el mundo en los últimos años y cuyo cambio queda muy bien retratado en la historia de Bernanke: la comunicación. Greenspan se preciaba públicamente de murmurar inco- herencias durante sus declaraciones en el Congreso y en sus charlas con la prensa. Quería mantener la posibilidad de tomar decisiones con la mayor discrecionalidad posible y sin que el mercado las hubiera anticipado. Y, de hecho, siempre se opuso a que el FED tuviera metas explícitas de inflación porque en su opinión esto restringiría las acciones que podía tomar.

Bernanke, como lo han hecho muchos Bancos Centrales en tiempos recientes, hizo ingentes esfuerzos por comunicar mejor los objetivos del FED y las acciones para lograrlos. Por ejemplo, narra cómo finalmente logró que el FED revelara objetivos numéricos de inflación y describe como su principal ventaja la rendición de cuentas vía comunicación a la que esas metas obligan. Afirma que los discursos de un banquero Central son herramientas de política; aclara que no basta con que la Junta se ponga de acuerdo y tome una decisión sino que debe comunicarla con precisión; describe una larga discusión sobre si un comunicado debía decir “por algún tiempo” o “por un tiempo prolongado”; se precia de haber podido bajar las tasas de mercado sólo con palabras y también describe su frustración cuando el mercado leía entrelíneas mensajes que ellos no estaban enviando. 

Esa comunicación también incluye la simbólica: Bernanke narra cómo en una ocasión, en medio del pico de la crisis y con compaña presidencial andando, el presidente Bush convocó a una reunión que incluía a los candidatos presidenciales para acordar las acciones a seguir y la continuidad de las mismas tras el fin de su mandato. Bernanke no asistió a la reunión para enviar una señal de independencia del FED de las disputas políticas.

Su relato comienza describiendo la noche del 16 de septiembre de 2008, un día después de la quiebra de Lehman Borthers que dio alas a la crisis financiera. En esa noche, Bernanke se queda finalmente solo en su oficina con otra persona de la FED: la cabeza de la oficina de comunicaciones. De ese tamaño es la relevancia de las comunicaciones en política monetaria.