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Daniel Angulo, exdelantero de Santa Fe, llegó al club bogotano precedido de antecedentes de lujo como goleador de la liga ecuatoriana. Como ariete del conjunto cardenal, a pesar de la confianza que se le dio, desperdició oportunidad tras oportunidad de tomar las decisiones correctas para inflar las redes contrarias, demostrando finalmente su incapacidad frente al arco. Hoy la afición del conjunto albirrojo le agradece al presidente de la institución que haya logrado una transacción con un equipo ecuatoriano para no tener al supuesto goleador en sus filas.

Algo similar al caso Angulo le ha ocurrido a nuestro gobierno en el campo económico. Y es que a pesar de la presencia innegable de la corrupción, su gran yerro dentro del área chica ha sido sobreponer los criterios de conveniencia política a los de rigor económico en la preservación de los recursos del Estado, que, no sobra aclarar, pertenecen al pueblo colombiano y no a los funcionarios públicos de turno. 

El deficiente manejo de los recursos públicos que tanto hacen falta hoy, dado el déficit estimado de $30 billones en las finanzas públicas, es un problema de actitud y de cultura de la clase dirigente que se manifiesta en pequeña y gran escala. En un país en el que Palacio puede gastar más de $600 millones en un cambio de cortinas, estos comportamientos tienden a replicarse en toda la administración pública. Conseguir votos a costa del presupuesto nacional y erigir magnánimas obras como la propuesta recientemente por el gobernador Jara de construir una refinería en el llano (aún no me lo creo), son demostración del desprecio por la eficiencia en la ejecución del presupuesto nacional a costa de mantener los puestos públicos ante los incautos electores. Así mismo, la distribución de la mermelada sobre la tostada, acuñada por el exministro Echeverry, refleja claramente la falta de eficiencia y rigor en el uso de los recursos públicos que tanto pregona la contraloría a todo nivel. En el Gobierno, como en Santa Fe, le corresponde al presidente del equipo garantizar que sus jugadores estén enfocados en jugar bien y no en mantener su titularidad independientemente de su eficiencia goleadora.

Peor aún, en nuestra realidad nacional el Gobierno ha decidido poner a Angulo a jugar baloncesto. Cuando el equipo de Gobierno debería enfocarse en impedir la tragedia de los niños Wayuu en la Guajira y que la minería ilegal destroce el medio ambiente, se ha dedicado a ser banquero de inversión con la eficiencia de Angulo en un deporte que no es el suyo. El desastre de Ecopetrol en su iniciativa de exploración de petróleo, que llegó hasta Angola, y, en la ampliación de la Refinería de Cartagena, es que el dinero de los colombianos termina invertido con retornos muy inferiores a los que generaba en la privatizada Isagen sin que por esto se despeluquen en la administración pública.

Sin embargo, la más obvia oportunidad de gol desperdiciada por el Gobierno es la inexplicable pasividad en la venta de la participación minoritaria en Telefónica Colombia, que solo es superada por el desentendimiento total en rentabilizar los activos de propiedad del Estado utilizados por las empresas celulares, por los que hoy no pagan ningún tipo de contraprestación. El riesgo de esta inacción y los continuos yerros dentro de las 18 es que, a imagen y semejanza de Daniel Angulo, el pueblo aficionado termine cambiando a los responsables del equipo y Dios no lo quiera, enviándolos al Ecuador.
 

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