Analistas

Maldita corrupción

El fenómeno de la corrupción es un fenómeno global. Este pasado domingo el gobierno de Vladimir Putin encarceló a 700 manifestantes que salieron a las calles moscovitas a protestar contra ella, incluido el líder opositor y candidato a la presidencia Alexéi Navalni. En Rumania y en Brasil hay masivas protestas por proyectos de ley que favorecerían a políticos corruptos con amnistías, logrando la renuncia del ministro de Justicia, Florin Iordache, en el primer país y la oposición del fiscal a las enmiendas pro corrupción en la nación carioca.

En Francia, además de la impugnación al ex presidente Nicholas Sarkosy por rebasar los topes de campaña en 2012, el candidato de derecha Francois Fillon ha sido acusado de desviar alrededor de US$1 millón de sus fondos parlamentarios a la cuenta de su señora Penelope para adquirir, habrase visto, abrigos de piel. En la Guyana francesa también están viviendo las consecuencias de este flagelo, donde los 37 sindicatos votaron entrar en huelga y el grupo social de 500 hermanos exige del Eliseo que se tomen medidas estatales para garantizar la inversión en salud, educación y seguridad.

En Estados Unidos, la corrupción pasa por las empresas petroleras que se han visto beneficiadas del nombramiento por parte de Trump del director ejecutivo de Exxon Mobil como Secretario de Estado. Recientemente, el congreso de Washington aprobó una resolución mediante la cual cancela una norma que requería que Exxon Mobil y su competencia hagan públicos los impuestos y demás rubros pagados a gobiernos como el de Rusia. En Irán, el hombre de negocios Alireza Monfared está siendo acusado del escándalo más grande de corrupción en su país por apropiarse de US$2.800 millones mientras le ayudaba a su país a evadir las sanciones impuestas por la comunidad internacional.

Todos estos escándalos, parte de una muestra menor pero representativa de la corrupción a nivel mundial que se hizo pública, ocurrieron en los últimos cuatro meses. Reflejan una realidad en la que, independientemente de la cultura, el tipo de régimen, la geografía y la orientación de derecha o de izquierda de los gobernantes, aquellos cercanos al poder se apropian de recursos de aquellos que no lo están.

En América Latina, los escándalos relacionados con Odebrecht tomaron importancia recientemente, no necesariamente por su relevancia en el cuadro de la corrupción regional sino porque, gracias a investigaciones realizadas en otras geografías, están documentados y son irrefutables. Hasta la escandalosa situación venezolana, en la que una mafia de caudillos de izquierda ha sumido a 80% de sus habitantes en la pobreza mientras saquean las arcas de la República Bolivariana y se inmergen en el negocio del narcotráfico, no ha tenido tanto despliegue mediático e indignación en la población. Solamente María Chávez, la hija del difunto Coronel, ha amasado una fortuna de más de US$4.000 millones.

La consecuencia más temible de la corrupción es que, al llegar a proporciones descomunales, genera desconfianza y pesimismo generalizado de la población, no solo en la clase dirigente, sino en el sistema democrático. La percepción generalizada de desamparo impide reconocer los logros del sistema democrático y, puede llevar a los pueblos a optar por candidatos a cargos públicos que ofrecen propuestas irrealizables, pero que encienden una luz de esperanza que les permita no sentirse defraudados. Ojalá en Colombia nos libremos de ellos.