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Las decisiones erradas en infraestructura las pagamos todos

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Lo normal en Colombia es que las obras se queden cortas apenas se entregan, haciendo que la infraestructura sea el cuello de botella de muchas de nuestras posibilidades de desarrollo. 

Los defectos en el despliegue de infraestructura terminan golpeando a gran parte de la economía. Las grandes deficiencias de la red vial, de la cual menos de 20% se encuentra pavimentada, aíslan económicamente a muchas regiones del país  y encarecen la integración a los mercados internacionales. Las deficiencias en generación y distribución aún nos exponen a recortes de energía (en especial a la industria) en caso de que se presente otro Fenómeno del Niño. Nuestros aeropuertos y puertos limitan el posicionamiento del país como puente entre las Américas desperdiciando así las ventajas que nos otorga nuestra ubicación geográfica preferencial.

Las razones de los atrasos en el despliegue de infraestructura han pasado desde la limitación de nuestros gobernantes para manejar efectivamente la ejecución de nuevos proyectos hasta la maldita corrupción. Sin embargo, una de las causas principales del atraso tiene que ver con la indiferencia de nuestros gobernantes en crear una plataforma competitiva para que el país se desarrolle. 

Analicemos a manera de ejemplo lo sucedido con la capacidad de transporte de gas del país, componente crucial en el costo de generación de energía y por lo tanto en la competitividad de muchos sectores industriales. A medida que ha crecido la demanda de gas, TGI, filial de la Empresa de Energía de Bogotá, ha ampliado la capacidad de los gasoductos por etapas, incurriendo así sus clientes en costos mucho más altos a los que podrían recibir si se hubiese construido de una vez la capacidad de transporte acorde con la demanda proyectada, tal como se hace en los países desarrollados y se está haciendo en México. 

Dirán en TGI que no tenía sentido hacer una ampliación mayor mientras Ecopetrol no declarara más existencias de gas para transportar y que como empresa pública tomar riesgos no es sensato dada la politización de los organismos de control, y en gran parte tienen razón. Si en su momento el Departamento Nacional de Planeación, la Comisión de Regulación de Energía y Gas y el Ministerio de Minas y Energía hubieran fijado un norte para el desarrollo del sector con el concurso de los generadores y distribuidores de energía, Ecopetrol y las empresas transportadoras de gas, los gasoductos se habrían construido con una capacidad superior y hoy los costos de energía para los colombianos serían inferiores y la industria más competitiva.

Como en muchos otros casos el despliegue ineficiente de la capacidad de transporte de gas tiene como causa la falta de una política coordinada desde el gobierno con el fin de desarrollar el sector para hacerlo competitivo. La falta de visión también hizo que el Aeropuerto Eldorado (que afortunadamente guardó su nombre) ya no dé abasto y que las vías de 4G estén destinadas a quedarse cortas dentro de poco tiempo a pesar del gran esfuerzo que se está haciendo.

Qué bueno sería que volviéramos a tener en Colombia la capacidad de pensar y ejecutar proyectos que, además de cubrir las necesidades que hemos dejado de cubrir hacia atrás, generen competitividad bajando los costos de producir en el país. Proyectos que ahora sí deben enfocarse con un criterio diametralmente opuesto al que se está aplicando para estructurar el metro de Bogotá.

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