miércoles, 8 de julio de 2020

Más columnas de este autor Luis Guillermo Vélez Cabrera - lgvelezcabrera@gmail.com

Hace unos días La Silla Vacía publicó una crónica donde devela la estrategia de Gustavo Petro para la campaña presidencial de 2022. La fórmula es muy sencilla: convertirse en el Trump colombiano.

Bueno, la crónica no decía exactamente eso. Decía que el excandidato de izquierda tiene como táctica la de dividir al país entre “decentes”, o sea sus seguidores, y “mafiosos”, que serían todos los demás, utilizando una batería de medios alternativos para difundir su mensaje. La estrategia, según la crónica, sería la de asestar un golpe electoral en 2022 aprovechando la crisis económica y social generada por el covid, ofreciendo cambios estructurales en la sociedad con propuestas populistas, como la renta básica universal y la estatización de los servicios públicos.

Por eso digo que Petro es el Trump colombiano. No porque sea obeso mórbido, como Trump, o billonario quebrado, como Trump, o porque le guste jugar golf, manosear a las mujeres o rodearse de lambones incompetentes, sino porque Petro aplica el mismo manual del actual presidente de los Estados Unidos, con el mismo cinismo y desprecio por las personas e instituciones, sin un milímetro de resquemor y solo con el propósito de llegar al poder y mantenerse en él.

Ambos, Petro y Trump, tienen un método de gobernar basado en el caos, que edifican sobre realidades políticas alternativas sin fundamento en la realidad y mantienen a punta de mentiras ilimitadas, sin consideraciones por los hechos o por la verificación científica. Y ambos son narcisos extremos, seres humanos con síndrome agudo de deficiencia de empatía, hábiles para crear falsas dicotomías, expertos en dividir y maestros en bullying, arte que han elevado a la perfección.

Los dos son buenos ejemplos del autócrata perfecto: aquel que posa de víctima de un establecimiento corrupto y opresor -que dicen combatir- cuando, detrás de las cortinas, como el mago de Oz, son ellos mismos quienes manipulan las palancas del poder.

Su enorme ego lo cargan sobre los hombros millones de hombres y mujeres del común. Son los humildes y los olvidados, esos sí las verdaderas víctimas, los que en su desesperación caen en manos de estos demagogos profesionales.

El resultado de la gestión de estos caudillos -invariablemente incompetente- es que la situación de desesperanza que elevó al mesías se prorroga indefinidamente. Los problemas no se solucionan, sino que se profundizan y la respuesta del gobernante consiste en nunca reconocer los errores y corregir el rumbo sino en doblar la apuesta, buscando un adecuado chivo en el cual expiar las culpas de los fracasos propios.

Para eso están los inmigrantes, los chinos, la oligarquía, los gringos, la prensa, los judíos, los políticos o los tibios: es solo escoger un bombón de la caja de chocolates de culpables potenciales.

Petro y Trump ni siquiera son dos caras de la misma moneda, sino la misma cara en la misma moneda, simplemente que miran en diferentes direcciones, uno hacia la izquierda y el otro hacia la derecha.