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Analistas 16/06/2021

Parar para echar pa’trás

En algún momento surgió en Colombia un efímero subgénero literario contenido en libros, ensayos y artículos de prensa que pretendía hacer una apología de la protesta social alegando que su irrupción era un bálsamo redentor que llevaría al país hacia un nuevo paraíso democrático, reivindicando a los jóvenes y derrocando las vetustas estructuras opresoras de una casta político-empresarial que nos había arruinado.

“Parar para avanzar” fue su eslogan y, por un momento, ante la patológica deficiencia cognitiva y auditiva del actual gobierno, hasta parecía razonable la proposición.

No fue así. Los últimos dos meses han confirmado lo que algunos sospechábamos: que el movimiento de protesta no es más que un meme inventado por la intelligentsia criolla para materializar una fantasía participativa que no es tal. No me entiendan mal, no se trata de afirmar que el “tal paro no existe”, porque sí existe. La vandalización de las ciudades, la quiebra de las empresas, los cientos de miles de empleos perdidos, los niños muertos en las ambulancias apedreadas y la ruina de los campesinos por los bloqueos de las vías es prueba suficiente de que lograron parar el país.

O sea, paro sí hay (o hubo), lo que no ha habido es un propósito ni un objetivo del mismo que se pueda calificar como positivo, propositivo, comunicativo, reivindicativo o democrático. No sobra otra vez hacer mención de la consabida analogía del perro que ladra persiguiendo al carro, pero que se queda pasmado cuando el carro abruptamente detiene su marcha. Los promotores de todo este caos destructivo ciertamente lograron la atención de los dirigentes y, cuando estos tomaron papel y lápiz, los marchantes no tenían nada que decir. Nada, por lo menos, que no fuera un rosario de clichés y de lugares comunes.

Lo peor del asunto es que el daño es real. Se estiman en $12 billones las pérdidas que ha sostenido la economía, cifra que para muchos en el universo alternativo de las redes sociales será abstracta, pero que no es abstracta para los empresarios quebrados, que, valga decir, serían los mismos -y los únicos- que podrán generar todo el empleo y las oportunidades que los jóvenes en las calles dicen ansiar.

Aún más grave, el costo humano es abismal y, por qué no decirlo, criminal. A pesar de los ruegos de los expertos, las marchas se produjeron en el peor pico de la pandemia. Vamos, quizás, para los 700 muertos diarios por covid, una buena parte de los cuales son directamente atribuibles a la irresponsabilidad de movilizar masas de personas en estos momentos. Es una paradoja que el sistema de salud que los marchantes dicen aborrecer sea lo único que nos separa de vivir una tragedia a padecer un holocausto. No es una exageración afirmar que los promotores del paro tienen literalmente sangre en sus manos; mucha más, sin duda, que la que dicen ellos que tienen los miembros de la fuerza pública que con valor y sacrificio intentaban cumplir con su deber.

En Colombia no hemos parado para avanzar, sino que hemos parado para echar para atrás.