miércoles, 13 de mayo de 2020

Más columnas de este autor Luis Guillermo Vélez Cabrera - lgvelezcabrera@gmail.com

Es verdad que la gente no sabe apreciar lo que tiene. En Colombia, por ejemplo, hemos contado con la fortuna -y lo digo sin ironía- de tener desde finales de los años sesenta una tecnocracia al mando de la economía que ha logrado sobrellevar los altibajos de cincuenta años de crisis, conflicto, desarrollo, bonanzas y catástrofes naturales.

No es poca cosa. La mayoría de países latinoamericanos han sometido en algún momento de su historia los destinos de la economía a populistas, aventureros e incompetentes. El desastre del gobierno de Allende en Chile, la destrucción de la economía venezolana por el chavismo y sus antecesores, los tequilazos mexicanos en el 82 y en el 94, el cáncer peronista en la Argentina, Velasco Alvarado y Alan García en el Perú y la cleptocracia de Lula en Brasil son solo pocos ejemplos de lo que ocurre cuando el manejo de la economía se supedita a los caprichos de los políticos.

En Colombia, en cambio, los buenos muchachos, la mayoría de la Universidad de los Andes, entraban a la rosca tecnocrática inducidos por sus profesores, que a la vez los llevaban a Planeación Nacional, el Ministerio de Hacienda o en Banco de la República y de allí pasaban a Fedesarrollo o ANIF para luego ascender en la burocracia económica y rotar por Washington, en el FMI, el BID o el Banco Mundial, y regresar a ser viceministros y luego, los más destacados, ministros y directores del banco central.

Así ha sido durante cincuenta años: una casta de mandarines que custodian la economía colombiana con el celo de los funcionarios de la dinastía Ming. Es importante mencionarlo porque el país ha sido ingrato con sus guardianes económicos. Muchas veces se les acusa de insensibles y desconectados de la realidad; se dice, sin mucha razón, que su Colombia se reduce a las manzanas entre la calle 26 y la 127 de Bogotá y que les interesa más lo que pasa en Nueva York que lo que ocurre en Garrapato, Magdalena. Además, son víctimas del insulto más hiriente en el arsenal retórico de la izquierda: ser neoliberal.

En tiempos de Covid-19 hay que recordar a la tecnocracia económica. Las medidas de confinamiento obligatorias -quizás necesarias- van a generar una depresión económica en el país. El número de quiebras empresariales y desempleados se aumentará, caerá el ingreso fiscal y la deuda pública romperá todos los techos. Es en estos momentos cuando se requieren políticas públicas balanceadas y efectivas, que tengan en cuentan las necesidades de alivio urgente de la población y el impacto de mediano plazo sobre la estabilidad macroeconómica.

Si dejamos que el discurso público sobre las soluciones quede en manos de los abogados -un grupo ni tan virtuoso ni tan meritocrático como los economistas- estamos en problemas. Mientras que los abogados piensan en términos de derechos -y por lo tanto de absolutos- los economistas piensan en términos de incentivos, que son por definición, relativos y flexibles. Estamos pasando por territorio inexplorado en estos momentos: se requiere de creatividad y responsabilidad para encontrar el rumbo seguro.