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Analistas 06/04/2021

Wassermanía de la educación

Luis Felipe Gómez Restrepo
Rector de la Universidad Javeriana Cali

La educación en Colombia de Moisés Wasserman, de reciente publicación, trae varias afirmaciones bien interesantes, unas por su valor histórico; otras por la evolución de indicadores nacionales; otras por lo polémicas, no obstante la pluma mesurada del autor; finalmente, otras por la reiteración. Me concentraré en lo que tiene que ver con la educación superior.

La primera es de carácter histórico: el origen de la universidad está ligada a un gremio de estudiantes pues ellos contrataban a los profesores. Y el propósito era un tanto excluyente, pues se pretendía mantener unos privilegios que proporcionaban los conocimientos. Así, los importantes eran los estudiantes, mientras que los profesores eran los contratados. Y cuenta que el emperador Federico Barbarroja reconoció a las universidades en 1158, además de darle a los estudiantes el principio de autonomía (de donde viene la famosa autonomía universitaria) y se podía multar a los profesores por faltar a clase o llegar tarde. Hoy la universidad es el mejor ascensor de movilidad social y un asegurador de oportunidades.

Sobre evolución de indicadores, la cobertura de la educación nacional pasó de 6% en 1970 a 50% en 2020, comenta Wasserman. Un salto importantísimo, pero aún insuficiente, no solo porque otros países aún de América Latina ya están bordeando 80%, sino porque para que haya verdaderas oportunidades no solamente se requiere cobertura, sino cobertura con calidad, como agudamente lo señala el autor. Y estamos muy lejos. Según el Índice Competitividad Departamental, la cobertura de estudiantes en universidades acreditadas está en Caldas en 77%, una de las más altas del país, pero por ejemplo en el Valle solo llega a 42%. La calidad se puede medir por distintos medios, por capacidades analizando los profesores universitarios, en lo que se ha mejorado, y por resultados viendo el nivel de Saber Pro de los graduandos donde no hay tendencias claras de progreso. Uno de los líos: la falta de pedagogía.

Otra que puede ser polémica está en el hecho que para la política pública de educación superior es fundamental tener en cuenta tanto las universidades oficiales como las privadas, pues el sector en Colombia está dividido mitad-mitad entre ellas. La definición legal de la educación como un servicio público independientemente el carácter de la institución que lo ofrezca, ofrece el contexto, pero que un exrector de la Nacional, como Wasserman, que lo diga en voz alta es bien diciente. Esta necesidad de concertación no siempre la han tenido los gobiernos de turno y es fundamental para el éxito de cualquier política de educación superior.

Una de esas afirmaciones que se hacen y nunca se toman medidas de verdad para enfrentar las ilegalidades y “trampas” como las llama Wasserman, tiene que ver con el hecho que en Colombia la educación superior es sin ánimo de lucro. “Mayoritariamente lo es en verdad, aunque haya algunos casos que logren hacer trampa”. Y este es un aspecto de buen gobierno universitario que no se logra solamente con políticas al respecto publicadas por el Gobierno, sino por una efectiva e inteligente acción de inspección y vigilancia del Estado. El proyecto de superintendencia que estaba terminó derretido en el Gobierno Santos. ¿Cuándo vamos a terminar con las universidades que son negocios privados, aún de multinacionales, o de clanes familiares?

Finalmente, ahora que tanto se habla de sintonizar las universidades con las empresas y el mercado, Wasserman advierte: “El dilema de si la educación debe ser para el trabajo o para el desarrollo individual es un dilema falso que se resuelve integrando las dos necesidades”. Creo que se debe ser más contundente: la universidad no solo prepara gente para el trabajo, sino seres humanos para la vida y ciudadanos para la democracia.

Invito a la lectura de este libro, colocar en el centro de la agenda nacional el tema educativo, que va más allá de una Wassermanía.