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ANALISTAS 12/05/2021

Salario mínimo de $10 millones

Juan Antonio Gaviria - Libertank
Miembro del Consejo Académico de libertank
Analista LR

Usted es un empleado que realiza una labor importante pero que no requiere mayor entrenamiento ni tampoco gran destreza o experiencia. Su sueldo es $1 millón. Su jefe le da la buena nueva de que, por generosidad empresarial, y aunque su productividad sigue igual, su salario se ha incrementado a $10 millones. Si nadie más en la empresa o en el mercado laboral recibe tal aumento, su bienestar relativo a las demás personas habrá mejorado.

Ahora asuma que por una decisión de los empresarios, que ingenuamente creen así mejorar la prosperidad de los trabajadores, o por orden gubernamental, el salario de todos los empleados colombianos se ha multiplicado por 10. En cifras redondas, el salario mínimo en Colombia sería cercano a $10 millones. Ante la aparente buena noticia, y sin importar el riesgo de contagio, muchos salen a la calle a celebrar.

La dicha dura poco. Pocas semanas más tarde, usted y los demás empleados observan que su nivel de vida y poder adquisitivo sigue igual o que incluso empeoró. El alza en salarios fue absorbida por mayores precios. Es decir, los trabajadores recibieron un mayor número de billetes, o estos son de una denominación más alta, pero su capacidad de consumo permaneció inalterada. Un amigo suyo lo resumió de manera simple: de poco sirve recibir un salario más alto si todos los demás también ven incrementados sus ingresos nominales.

En efecto, la prosperidad por el aumento colectivo de salarios fue solo una ilusión pasajera. El bienestar no se crea con buenas intenciones sino con el uso eficiente de recursos escasos, el capital físico y humano y, especialmente, con mayor productividad.

Suponga que vive en una isla habitada por otras dos personas. Usted y el otro empleado reciben un salario de $100. Ante una huelga, el empleador, que también es el único vendedor de la isla, decide duplicar los salarios de sus dos trabajadores. No es difícil pronosticar que, muy pronto, tal patrono también multiplicará los precios de sus productos por dos o posiblemente en mayor medida. Esto mismo sucede en una sociedad con millones de habitantes, con lo cual pretender lograr la prosperidad por medio de mayores salarios sin incrementar la productividad es inocuo en el mejor de los casos y perjudicial en el peor, además de que no cambia la relación entre oferta y demanda en el mercado laboral, factor determinante en el precio del capital humano.

Tales incrementos, además, son gasolina para una inflación inercial, que afecta especialmente a los pobres y que impide la planeación que las inversiones requieren. Esta es la experiencia de la historia económica en recordados casos como las hiperinflaciones de algunos países latinoamericanos en la década de los 80. Es de esperar que Colombia haya aprendido esta lección, a diferencia de su vecino Venezuela, donde recientemente se aprobó un aumento del salario mínimo que, incluyendo un bono de alimentación, es ahora igual al del título de esta columna: $10 millones, pero de bolívares, que no alcanzan para comprar ni un kilo de carne.

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