Analistas

Manuel Ramírez

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Lo conocí a comienzos de los 80 siendo mi profesor de microeconomía en la Universidad de los Andes. Desde entonces seguí siendo su alumno. Su curiosidad aca-démica no tenía límites y como excelente lector había asimilado el principio popperiano de la “búsqueda inacabada”. El espíritu abierto de Manuel le permitía oír todas las opiniones con una mezcla inteligente de curiosidad y escepticismo. Siempre entendió que las verdades, cualquier verdad, la suya y la de los otros, apenas tienen una validez parcial. Y gracias a esta sana prevención no cayó en la defensa dogmática de ninguna escuela. En medio de los conflictos entre corrientes de pensamiento, Manuel no se dejó llevar por posiciones extremas. Como no lo escandalizaban las posiciones contrarias, no tenía necesidad de rasgarse las vestiduras. Apenas sonreía con malicia. Apreciado y admirado por su excelente nivel académico, y por sus recomendaciones acertadas. Fue un consejero permanente de los gobiernos, y durante la administración de Belisario Betancur fue asesor de la Junta Monetaria.

Manuel logró una síntesis dificilísima entre la academia y la consultoría. Mostró que entre estas dos dimensiones existe un continuo. La academia alimenta la consultoría y ésta le proporciona insumos privilegiados a la academia. En el mundo académico tuvo una participación activa en las universidades de los Andes y Rosario, y en la Academia Colombiana de Ciencias Económicas, de la que era presidente. Y como investigador de la Corporación Centro Regional de Población y fundador de Econometría impulsó la consultoría, convencido de que el análisis económico tiene sentido si se expresa en mejores condiciones de vida para las personas.

Logró el vínculo entre la academia y la consultoría porque conocía los límites intrínsecos de la teoría, y estos vacíos los llenaba con agudeza y sentido común. No era ortodoxo, y con la autoridad que le daba el conocimiento de la filigrana de la teoría afirmaba:  “… considero básicamente agotado el programa de investigación walrasiano”. La teoría del equilibrio es razonablemente adecuada para analizar las funciones de demanda pero, advertía, es incapaz de explicar lo que sucede en el mundo de la producción: “…la teoría de la firma incorporada en el modelo de Arrow-Debreu es hoy completamente insatisfactoria”. Y, concluye, “… no explica las características principales de una empresa, ni es útil para la mayor parte de los estudios teóricos, empíricos y de política económica”. En los modelos de equilibrio que fundamentan la política económica colombiana (proyecciones de crecimiento, regla fiscal, PIB potencial…) todavía se utiliza la función de producción sin tener en cuenta las advertencias de Manuel. No creyó en la posibilidad de microfundamentar la macro: “…. el modelo de Arrow-Debreu, no puede proporcionar una base microeconómica adecuada a la macroeconomía, y no hay en este momento un modelo alternativo que si lo haga”.

En contra de la corriente principal de la teoría económica, a finales de los ochenta, siendo co-director de la Misión Chenery, con José Antonio Ocampo, insistió en que el nivel de empleo depende de la mayor demanda y no de la reducción de los salarios. 

Apasionado por los temas de la regulación económica, estudió temas muy diversos: salud y seguridad social, energía, pobreza (Mesep), servicios públicos… Porque siempre dijo lo que pensaba, transmitía confianza a las autoridades gubernamentales, a los colegas y a sus estudiantes. Ya nos está haciendo falta Manuel.

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