Sobre todo entre los economistas, predominan los adivinos tercos. Cada vez que intentan predecir se equivocan y, no obstante, insisten en adivinar. Peor aún, la sociedad les pide que informen sobre lo que pasará en el futuro. Y aunque las proyecciones siempre resultan erradas, se insiste en preguntar por lo que vendrá. El vaticinio se ha convertido en una práctica irresponsable. Entre otras razones, porque las equivocaciones no se sancionan.

En el Marco Fiscal de 2019 se proyectó para 2020 un crecimiento del PIB de 4%. Esta meta definitivamente no se logró. La discusión ahora no es sobre la tasa de crecimiento, sino sobre el porcentaje de la recesión. Si en el 2020 la caída fuera de -5,5%, el error de proyección sería de 9,5 puntos. Y si la recesión llegara a -7%, el error sería de 11 puntos. Claramente en 2019 era imposible adivinar la llegada de la pandemia. Pero se olvida que en 2020 también es imposible conocer lo que sucederá en 2021. Entonces, ¿por qué se insiste en adivinar?

En el plan de desarrollo de Pastrana (1998-2002), Cambio para Construir la Paz, se estimó el crecimiento del PIB con un modelo de equilibrio general. De acuerdo con las proyecciones que se hicieron en 1998, el año siguiente, en 1999, el PIB debería crecer 2%. Los hechos fueron muy distintos. El PIB descendió en 1999 a -4,2%. El error de proyección en un horizonte menor de un año fue de 6,2 puntos del PIB.

Las predicciones equivocadas abundan. De acuerdo con las estimaciones que se hicieron en 2010 en el documento donde se explican los alcances de la regla fiscal, el barril de petróleo WTI en 2016 estaría a US$89. En realidad el precio fue US$25. Es decir, el error de proyección fue de 281%, en una variable central para determinar la regla fiscal.

Después de cada estimación basta esperar a que se cumpla el plazo correspondiente, para comprobar el error. Y en estos días de pandemia, ante la incertidumbre colectiva, se intensifica la pregunta angustiosa por el futuro. La misma persona, o institución, modifica sus proyecciones cada semana, sin pedir disculpas, y sin sentir vergüenza. Y a pesar de la acumulación de errores, a la reiterada pregunta por el futuro, se responde con una nueva estimación. Mientras tanto, la contundencia de los hechos desborda todas las expectativas.

El Dane acaba de publicar el último resultado del índice de seguimiento a la economía (ISE). La situación continúa siendo crítica. En abril la caída fue de -20,5%. Y en septiembre la disminución anual del producto fue de -7,3%. Estas cifras eran inimaginable hace cinco meses.

En lugar de pretender adivinar los detalles, las decisiones de política pública deben responder a postulados básicos que resultan evidentes. Algunos ejemplos: “es necesario apoyar la ciencia y la tecnología”, “se debe mejorar la calidad y la cobertura de la educación”, “es fundamental cuidar las cuencas de los ríos”, “los páramos se deben proteger”, “es necesario crear un fondo para financiar eventuales catástrofes”, etc.

El ordenamiento de las prioridades depende la forma como se lleve a cabo el proceso de elección social. Pero más allá de estas complejidades, las decisiones de política pública se pueden tomar a partir de grandes principios orientadores. No se requiere imaginar detalles sobre el futuro. Pretender hacerlo es un ejercicio de brujería completamente inútil que, además, puede ser muy peligroso.