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Economía y posconflicto

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En el complejo panorama económico actual, la eventual firma del acuerdo de paz genera, a la vez, oportunidades y riesgos.  Sin duda, el dejar atrás el conflicto interno que ha asolado al país en las últimas décadas generará un “dividendo de la paz”, que se reflejará en una positiva percepción internacional del país, y en inmensas  oportunidades de desarrollo, especialmente en el sector agropecuario, que ha visto coartadas sus posibilidades de crecimiento por los complejos costos que la inseguridad y los vacíos institucionales generan. 

Es difícil estimar la cuantía de esos “dividendos”, porque la evolución reciente del país ya ha incorporado parte de los beneficios que típicamente se alcanzan al dejar atrás conflictos internos como el nuestro: basta recordar que apenas hace unos años, el país llegó a ser considerado un “Estado fallido”, y que, frente a ello, la política de seguridad democrática nos llevó a formar parte de lo que en su momento fue la “segunda oleada” de países emergentes de buen prospecto, lo que mejoró sustancialmente el acceso al crédito y el flujo de inversión extranjera al país.  

La tasa de crecimiento se elevó, como consecuencia de ello, en cerca de 2 puntos porcentuales, así que ya hemos disfrutado de los beneficios que se derivan de un mejor control de la seguridad interna, y de la mayor cohesión territorial que de ello resulta.

Por supuesto, la paz afianzará esa buena percepción internacional. Pero la gran oportunidad estará, sin duda, en el sector agropecuario: somos un país rico en recursos naturales que, sin embargo, no ha podido aprovechar cabalmente sus oportunidades. 

Reducir o eliminar los costos de la violencia tendrá ya, de por sí, un impacto importante sobre el sector: pero es ahora bien sabido que, desde el punto de vista del desarrollo económico, no basta con dejar operar las fuerzas del mercado para que se consolide un sector agropecuario competitivo y pujante, con proyección internacional. Se requiere institucionalidad; pero también, acumulación de capital, tanto público como privado, y la implementación de políticas de competitividad que, a través de la innovación y la incorporación de nuevas tecnologías, permitan desarrollar un sector de categoría mundial. 

Y es justo allí donde están los riesgos: la situación fiscal se ha tornado vulnerable, por el efecto combinado de la terminación del súper ciclo del precio de commodities, la desaceleración china, el relativo estancamiento de las economías desarrolladas y la endeble estructura tributaria colombiana, caracterizada por su dependencia de tributos transitorios y por un alto grado de elusión. Y la paz demandará recursos, no sólo para fortalecer la infraestructura agropecuaria, sino también para proveer los servicios del estado que permitan la integración total de la población de los territorios afectados por la violencia.
 

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