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Revolución del ambiente de trabajo

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De vez en cuando surgen modas en lo que respecta a la administración y gestión de empresas, empleados y espacios de trabajo. En los años 80, la calidad era la palabra mágica que hizo que se popularizaran metodologías como la Seis-Sigma, que estaba inspirada en los procesos productivos de la industria de manufactura. El objetivo de introducir estas disciplinas era el de convertir la calidad en una parte esencial de cada proceso de la empresa, dejando de ser una función de control antagonista, con el fin de mejorar significativamente la productividad y al mismo tiempo incrementar la satisfacción de los clientes y consumidores. También apareció el TQM (o Total Quality Management por sus siglas en inglés), que pretendía la integración de la calidad en los objetivos estratégicos de las empresas y convertirla en parte de la mentalidad cotidiana de todo el negocio.

En los años 90, con la rápida adopción de los sistemas de información en las empresas y en respuesta a la llamada “paradoja de las nuevas tecnologías”, llegaron conceptos como la administración matricial, la gestión y toma de decisiones por consenso y la reingeniería de procesos. Estas nuevas metodologías de gestión sugerían cambios en los procesos y la forma en que las organizaciones se manejaban con el fin de generar el aumento en la productividad que los impulsores de inversiones millonarias en tecnologías de la información en el tejido empresarial habían prometido y que en principio habían estado por debajo de las expectativas.

Otro aspecto de la gerencia que ha sufrido múltiples cambios es el de la gestión de las oficinas. Muchas empresas han invertido grandes cantidades de dinero en restructurar los ambientes de trabajo, pasando por la moda del teletrabajo, la implementación de la luz natural, la meditación en la oficina, la flexibilidad y el trabajo remoto hasta llegar al concepto de las oficinas abiertas, un concepto que en principio debería fomentar la colaboración y la formación de equipos ágiles y efectivos.

Teóricamente, ubicar a los empleados en estrecha cercanía, sin paredes que los separen, debe permitir un mayor intercambio de ideas. Hoy en día, a pesar de que diversos estudios señalan que este modelo de oficinas promueve la creatividad, no existe un veredicto claro sobre la eficacia del mismo. Los detractores del sistema lo ven como una táctica de las empresas para hacinar a sus empleados en espacios pequeños y ahorrar dinero, generando un ambiente de trabajo molesto y estresante que causa distracción.

En lo que la mayoría de estudiosos del tema coinciden es que el diseño de los espacios de trabajo tiene una gran importancia en la eficiencia de las empresas y que no existe una solución única para el problema. Es verdad que los espacios abiertos afectan los lapsos de atención, la productividad y la creatividad de los trabajadores. Un estudio reciente de Harvard revela que las oficinas abiertas asesinan la colaboración, asfixian la privacidad y que a medida que las paredes desaparecen, también baja el número de interacciones entre los compañeros de trabajo, aumentando el uso de correos electrónicos y mensajes de texto.

El concepto del “co-working” que abanderan compañías increíblemente exitosas como WeWork, más que otra moda, podría resultar siendo la combinación perfecta que precisamente le da la flexibilidad que las empresas y empleados requieren en el espacio de trabajo. El tiempo lo dirá, por ahora los capitales de riesgo le están apostando fuerte a esta nueva moda.

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