Los Estados Unidos de América surgieron de la declaración de independencia suscrita en 1776 por 13 colonias. Tras la guerra contra Inglaterra, las 13 colonias rebeldes se organizaron en el Congreso de Filadelfia de 1787, donde se dirimió en forma equilibrada la discrepancia entre los promotores de una confederación y los amigos de gobierno central robusto. George Washington, líder militar de la independencia, rechazó la monarquía que le ofrecieron.

Superada la segunda guerra contra Inglaterra (1812-1815), el país entró en proceso de expansión mediante la ocupación paulatina de territorios hacia el oeste. La victoria sobre México en la guerra iniciada por el general Santa Ana (1846-1848) significó la anexión de Texas, Nuevo México, Arizona y California.

La guerra de secesión (1861-1865) desembocó en la supresión de la esclavitud, hasta entonces cimiento de la economía de plantaciones de los estados del sur en el cultivo de algodón, tabaco y azúcar. Disponer de un área inmensa con enorme potencial sin limitaciones al libre flujo de bienes, capital y trabajo fue ventaja comparativa durante la fase final del siglo 19 y principios del siglo 20; la economía creció de manera formidable con relativa autonomía, hasta el colapso del mercado de valores en 1929 y la depresión de los 30. Con la segunda guerra mundial, tras el bombardeo por los japoneses de la base naval de Pearl Harbor en 1941, la economía al servicio del propósito bélico en el Pacífico y en Europa creció de manera descomunal. Al terminar la guerra en 1945 el PIB de EE.UU. era casi la mitad del mundial, y sus clases trabajadoras habían conquistado un nivel de vida sin precedentes.

La posguerra se caracterizó por la guerra fría entre EE.UU. y Rusia, que impulsó la inversión en gasto militar y las intervenciones en Corea (1950-1953) y Vietnam (1963-1973). El esquema monetario establecido por los aliados en la conferencia de Bretton Woods (1944) colapsó en los años 70, y fue reemplazado por las tasas de cambio flexibles tras el abandono del vínculo fijo entre el dólar y el oro.

La economía americana ha sido escenario central de la cuarta revolución industrial apoyada en el procesamiento electrónico de datos, la inteligencia artificial y el internet de las cosas. La innovación se ha beneficiado por la acogida a los mejores talentos del resto del mundo en su sistema universitario, magnífico aunque costoso. EE.UU. tiene todavía heridas de la guerra de secesión: tras la derrota, se estableció discriminación abierta en el sudeste, que solo se enfrentó en los años 60 del siglo 20, cuando se hicieron efectivos los derechos civiles a la población negra. Además hay incógnitas en la economía: pese al déficit de balanza comercial durante más de medio siglo, el dólar ha sido moneda fuerte desde los años 90.

Esta circunstancia ha convenido a los consumidores americanos pero ha socavado la competitividad del aparato productivo. Los déficit de cuenta corriente se corrigen con flujos de capitales externos, pero la pérdida de empleos industriales ha impulsado el nacionalismo, y la sociedad se ha fragmentado por el deterioro en la distribución del ingreso. El país es todavía el más importante del mundo pero enfrenta el reto del capitalismo político chino y las limitaciones del régimen presidencial para el siglo 21. Su suerte será determinante para Latinoamérica.