sábado, 7 de marzo de 2020

Más columnas de este autor Gustavo Moreno Montalvo - gustavomorenom@gmail.com

La más importante revolución tecnológica de la historia fue la agrícola, hace 10.000 años. La especie humana acumuló materia y energía para tiempos futuros. Ello permitió la urbanización y el establecimiento de estructuras de poder complejas, más allá del ámbito de lo tribal propio de las sociedades nómadas.

Aunque la revolución industrial hace dos siglos impulsó la urbanización, antes de las guerras mundiales tres cuartas partes de la humanidad eran rurales. El acelerado crecimiento de la población desde entonces por la ampliación de la expectativa de vida llevó a pensar que se materializarían los pronósticos de T. Malthus, de eventual escasez de comida por limitación de área cultivable frente a necesidades crecientes.

Sin embargo, en los años sesenta del siglo pasado tuvo lugar la revolución verde, con enormes aumentos en productividad por mejoras en variedades de cereales, fertilización química, uso de pesticidas, control de aguas y prácticas de irrigación, racionalización de la labranza y prácticas mecanizadas. Este conjunto de cambios redujo de manera dramática los riesgos de hambrunas.

El impacto de la revolución verde en Colombia ha sido limitado porque no ha habido orientación consistente hacia la consolidación de cadenas productivas en agricultura ni en industria. Entre tanto, la dinámica de la logística global ha abaratado el transporte intercontinental, a tal punto que no hay protección efectiva en arroz o maíz, y han desaparecido para efectos prácticos los cultivos de trigo y cebada.

Es cierto que la reforma agraria en Japón puesta en práctica por los ocupantes americanos tuvo resultados políticos notables al terminar la segunda guerra mundial, al igual que en Corea del Sur entre los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, pero ya tres cuartas partes de la población del país son urbanas, y las herramientas de comunicación impulsan el traslado del campesino a la ciudad.

El éxito agrícola hoy exige tecnología, economías de escala y políticas públicas acertadas. En café se puede atender expectativas de consumidores sofisticados, pero eso no se logra al escoger variedades con el criterio de reducir riesgos de plagas cuando el mercado valora el sabor.

Los estimativos de área cultivable tienen rango muy amplio, desde 24 millones hasta 40 millones de hectáreas. Esta última cifra fue utilizada por la administración Santos para justificar enunciados políticos sin conexión con la realidad del campo y sus habitantes. Hay menos de ocho millones están cultivadas. Quizá un quinto de los 35 millones en ganadería extensiva podría usarse en agricultura, pero se requerirían inversiones importantes en control de inundaciones, mejoras en suelos y robustecimiento de vías. Preocupan las políticas fiscales y monetarias.

Así, Anif ha denunciado alta probabilidad de lavado de activos en los giros del exterior, el banco central ha optado por no inhibir el ingreso de capitales volátiles, y los gobiernos en general no han tomado en serio la práctica de evitar que el petróleo distorsione la tasa de cambio con perjuicio para el resto de la economía. Entre tanto, la Unión Europea y EE.UU. subsidian la agricultura. Sin políticas públicas sostenidas jamás habrá buen aprovechamiento del potencial agrario del país, la agroindustria será siempre secundaria, y seguirá difícil el ejercicio del monopolio del poder coercitivo del Estado en la periferia.