Analistas

Encrucijada cafetera

La verdadera encrucijada en la que se encuentra la caficultura colombiana, debido a la disminución del precio internacional y por ende la del precio interno, es resolver sus problemas estructurales si tenemos en cuenta que el precio actual es igual al del promedio de los últimos diez años y, lo que realmente se nos presenta como realidad es, no la crisis de la caficultura, sino la crisis del modelo capitalista en la producción de café.

Claramente los empresarios de gran formato que contratan mano de obra, con un precio de $549.000 la carga que fue el promedio durante los últimos 10 años, no obtienen utilidades y los que no son muy eficientes pueden registrar pérdidas. Únicamente en la década, tres años estuvo por encima de $650.000; fueron $716.000 promedio por carga que permitieron una utilidad.

La encrucijada radica en que mientras los cafeteros empresariales a duras penas se sostienen, los pequeños obtienen un precio que autoremunera su propia mano de obra y garantiza un ingreso decente para sobrevivir que no ofrece ninguna otra actividad en el campo.  Por esta razón se puede afirmar, que en el siglo XXI, el café sirve para combatir la pobreza pero no para generar riqueza.

En consecuencia, el reto es enorme para la caficultura empresarial ubicada principalmente en la zona central, en donde la mano de obra es más cara, gracias al bienestar que generó el café en el siglo XX convirtió a los habitantes rurales en personas más educadas, enfocados en oficios urbanos, que ya no necesitan del café para sobrevivir.

Por esta razón, mientras el sur del País crece con un modelo minifundista y con autosuficiencia de mano de obra, los empresariales cada día encuentran un panorama más difícil por el costo de la misma.

Los pequeños productores son los beneficiarios de la política de valor agregado promovida por Gabriel Silva, que premia con un buen precio a más de 130.000 caficultores, quienes cuidan prácticamente un jardín y obtienen hasta un 30% adicional de ingreso. Su viabilidad cada día se afianza.

En este escenario los grandes productores, para hacer viable su negocio, deben alcanzar un aumento en la productividad y una reducción en los costos, obtener el punto de equilibrio al precio promedio como en estos 10 años y, aspirar a alcanzar utilidades en los pocos años de buenos precios.

Ese es el nuevo modelo del negocio cafetero, máxime cuando el País ya no depende del café para mover la economía sino para mantener la estabilidad social en el campo, por lo que las decisiones de política económica hoy no están determinadas por la suerte del café.

En el siglo XX lo que era bueno para el café era bueno para Colombia. Los grandes productores ocupaban la mano de obra abundante en el campo y de su suerte dependía la generación de divisas del País. Se llegaba hasta a devaluar en la época de cosecha cafetera, que permitía capturar utilidades a los productores. El pacto de cuotas y el fondo de estabilización determinaban precios políticos concertados que no reflejaba exactamente la realidad del mercado internacional. Hoy todo ha cambiado.

Debemos aceptar que, para bien de Colombia pero para mal de la caficultura empresarial, ya el País no depende del café y eso obliga a los grandes empresarios, a las autoridades y al gremio, a buscar alternativas para obtener el modelo de producción adecuado u opciones económicas diferentes. Seguir en lo mismo produce un desgaste institucional innecesario, cuando la realidad nos indica que el café seguirá moviéndose por la geografía nacional en la búsqueda de mano de obra no calificada, pequeños propietarios y oferta ambiental adecuada, como ha sucedido durante 200 años.