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Colombia atraviesa momentos coyunturales, de reformas y propuestas de cambios estructurales que no se están evaluando desde el punto de vista de viabilidad nacional, sino como respuesta, en algunos casos, a las pataletas que le hacen al Gobierno los miembros de las Farc en la mesa de negociación del Proceso de paz. Apostar a la paz no es un error. Coincido en que debe ser un mate de todos y cada uno de los colombianos. Lo que sí considero que fue un desatino del Presidente Santos es que la paz fuera su única propuesta real de campaña. Con esto le dio a este grupo terrorista la posibilidad de tomarle el pulso al Gobierno y arrinconarlo cuando y como quiere.

A mi juicio, muchas de las reformas que planea el Gobierno acarrearán consecuencias que pondrán en dificultad la economía y credibilidad, y generarán un clima de inseguridad jurídica sobre el nivel de estabilidad que debe tener un país para ser atractivo a la inversión. Lo primero que debe hacer el presidente Santos es reformular la justicia; el pilar fundamental para que una democracia funcione es el nivel de credibilidad y confianza que los ciudadanos tengan en su establecimiento judicial. Hoy tenemos desde las altas cortes hasta los juzgados promiscuos con una imagen por el suelo, y brotes constantes de ciudadanos que, ante la inoperatibilidad del sistema de justicia, terminan por aplicar la ley del talión para resolver sus conflictos en todos los aspectos de la vida en sociedad. ¿Así queremos estructurar un país en paz? Si es así, estamos condenados al fracaso. 

Desde el punto de vista económico, está el paquete de reformas en el que se disfraza el nombre de los proyectos de ley para ocultar lo que verdaderamente son: reformas tributarias. Es lógico que ante ese paquete las empresas empiecen a migrar a otros mercados que les ofrezcan mejores tasas de tributos y mayor estabilidad jurídica en este asunto. Esto sumado al mal heredado y continuado de los TLC, que han generado que, ante la poca capacidad industrial del país, impuestos por las nubes y excesivos trámites, se genere una falta de competitividad y costos de producción que obliguen a cerrar, salir corriendo y dejar cesantes puestos directos e indirectos de trabajo, a la espera de una oportunidad. Se requieren oportunidades para desarrollar proyectos de vida para la construcción de la paz; un país sin empleo no puede ser garantía de una paz permanente, y ello sin dejar de lado el efecto dinamizador del consumo en la economía.

El país está gastando a manos llenas y con bolsillos vacíos, apaciguando paros con dinero y comprometiendo un cheque simbólico que puede terminar siendo eso: simbólico. El presidente Santos dejó a un lado su fama de estadista. Está cambiando su gabinete por otro que no cuenta con las cualidades para dirigir las grandes responsabilidades del país, y que genera mayor clima de pesimismo para lo que nos depara. Vamos en un barco con un capitán primerizo y con pánico escénico. Luna y Villegas son a sus nuevos cargos lo que yo puedo ser a la física cuántica. 

Siento que el país está tomando el rumbo contrario; no se está ejerciendo verdadera política pública y planeación en las directrices que se toman desde el alto gobierno, todo debido a que el segundo mandato de Santos es el periodo de precampaña de la mayoría de su gabinete. Un país no se puede dirigir con agendas personales y de espalda a la realidad. Se debe reformular el horizonte que está mirando el Presidente como gerente del país, porque, de seguir por este rumbo, no tendremos opción diferente a tener que hacerle a Colombia Control + Alt + Suprimir para volver a empezar de cero. 

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