sábado, 18 de julio de 2020

Más columnas de este autor Germán Eduardo Vargas - german.vargas@uniandes.edu.co

Los torpes anuncios de la OMS, ambiguos y sin fundamento sólido, debilitan mi confianza en la pertinencia y calidad de la ciencia. Además de advertir polarización, la falsabilidad tiende a parecerse a la posverdad.

El dogma de moda gobernaba las publicaciones más «prestigiosas», restando diversidad y apertura a la gestión de conocimiento. Corrompidas, ahora también cobran para garantizar un espacio de divulgación, augurando falsos positivos (o negativos) y debilitando «principios» como la falsabilidad (y reproducibilidad).

Semanas antes de la declaración de pandemia, la actual Premio Nobel de Química, Frances Arnold -Princeton, Berkeley y Caltech-, retractó un artículo en Science tras confesar su falta de rigor. También han perdido credibilidad las recomendaciones de Van Kerkhove, Líder Técnica del Coronavirus -Cornell, Stanford y London School-.

Si esto ocurre a ese nivel, presumo que bajo el iceberg de los reconocidos científicos se ocultan con tapabocas demasiadas investigaciones contagiadas por conflictos de interés y malas prácticas. Considere los «ensayos» diseñados a la medida de poderosas empresas; los apócrifos, hechos por escritores «fantasma»; y los innovadores, que inventan evidencia (p-hacking).

Volviendo a la escena del crimen, la OMS comparte delitos con The Lancet y New England Journal of Medicine, por un artículo -producido por un indio vinculado a Harvard, y un alemán editor de European Heart Journal-, que descalificaba los tratamientos con «cloroquina». Entre tanto, un grupo de científicos de la oposición testificaba, y lograron que rectificara su postura hacia la transmisión aérea del covid-19.

Consabido que las palabras se las lleva el viento, las «comisiones» infectarán la terapia post-pandemia. Además de las que representan corrupción, piense en la incompetencia de aquellos grupos parlamentarios especializados, y el sesgo de autoridad de los PhD que legitiman el «statu quo», tras ser convocados por el gobierno de turno.

Macron, por ejemplo, suministró ese paliativo durante las crisis de la primera década del siglo, y ahora convocó a más exnobel de Economía, economistas jefe, secretarios del tesoro, etc.-, cuya experiencia está vinculada a la «antigua anormalidad». Aunque se trata de ejercicios de prospectiva e innovación, el sistema inmunológico del establecimiento descarta la inclusión de «outsiders».

Con ese piloto automático la «tecnocracia» ha gobernado, creando este mundo que, usando palabras de Hume (Dialogues Concerning Natural Religion, V), parece el “bosquejo rudimentario de algún dios infantil, que lo abandonó a medio hacer, avergonzado de su ejecución deficiente; es obra de un dios subalterno, de quien los dioses superiores se burlan”. A su imagen y semejanza, la Inteligencia Artificial seguirá reproduciendo esos patrones del pasado.

Recomiendo la primera parte del Canto Sexto de Lay of the Last Minstrel (Scott), y ‘La Ciencia como Vocación’, donde Weber exponía la «pedantería» de los economistas, los «supuestos plutocráticos» y la precarización del conocimiento transado.

Las redes sociales usan como fundamento científico el «efecto rebaño» para etiquetar a Trump. Aunque está loco, me pregunto si tendrá algo de razón respecto a la OMS y China.