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Misticismo y política

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La relación entre el misticismo y la política no es nueva, de ello dan testimonio los fundamentos y preceptos de las tradiciones más arcaicas, desde los antiguos pensadores chinos como Lao-Tsé y Confucio cuando se refieren en su obra al buen gobierno del Estado, pero también y por supuesto entre los trabajos clásicos helénicos de Platón y Aristóteles en su reflexión sobre la constitución de las polis. 

Muchos consideran que el confucionismo está en la base del misticismo oriental por ser una doctrina basada en la comunicación directa entre el hombre y la Divinidad en la búsqueda de la perfección de las cosas, siendo por ejemplo celebre la frase de Confucio “Gobernar es rectificar”. De la misma manera Platón fue quien inició la convicción que el buen gobierno supone el acceso abierto a lo Absoluto.

Para Cardozo (2013) Platón lo hizo antes no desde la perspectiva de Descartes acerca del Dios verdadero por encima de todos nosotros, ni tampoco porque seamos objeto histórico del devenir-sujeto del Absoluto como lo describe Hegel y Heidegger, sino ante todo porque lo sensible y sutil que teje nuestro devenir, participa más allá de lo corporal y retórico en la construcción de verdades eternas.

Éste pensamiento fraguó la conjunción entre sabiduría, virtudes y el deber ser con la praxis que debe tener el político al conducir lo público, la conexión clásica entre ética y política visible desde Maquiavelo, quien en principio, sin aún vincularse al servicio civil, produjo un cambio en la idea de virtud vista desde las cualidades morales, hacia la noción de efectividad en las políticas y la conservación del poder; que abrió posibilidades inciertas de actuar para mejorar las intervenciones.

Conforme a Cardozo, conviene resaltar que la búsqueda incesante de mejores políticas y su aproximación metodológica cada vez más racional, dio origen a la ciencia política donde la escisión entre lo moral y lo religioso en el quehacer político, permitió el surgimiento de preguntas que transformaron los umbrales de lo ético hacia la instrumentalización de lo racional.

Este llevó a que el buen gobernante no es el que sigue principios, sino quien gracias al conocimiento profundo de la historia y sus grandes personajes, establece alternativas en la toma de decisiones; de ahí que aquel que quiera hacer siempre de bueno y complacer a todos, está destinado a fracasar entre tantos que solo buscan satisfacer intereses y necesidades propias.

Por lo tanto desde Maquiavelo se conoce que un gobernante debe aprender a no ser tan bueno dependiendo de la naturaleza y alcance de los problemas a resolver, con lo cual surgió la separación entre la ética y la política, que a su vez inició el estudio de las circunstancias del poder propias de un Estado moderno.

Es así como Maquiavelo está presente en la necesidad que tienen los funcionarios públicos de información de buena calidad, así como su metódica interpretación, vale decir del racionalismo al analizar políticas públicas, donde el buen gobierno entiende muy bien los escenarios propios de la intervención del Estado y toma decisiones prudentes basadas en diagnósticos preliminares.

Maquiavelo advirtió que prever con antelación los problemas en los asuntos de Estado facilita encontrar hábilmente su solución, pero al esperar a que surjan y crezcan, no habrá remedio posible porque se convertirán en incurables, con lo cual se tiene mucha confianza en el conocimiento y capacidad para dominar la realidad concebida como acciones racionales exhaustivas y no incrementales.

Según Laclau (2002), “el místico debe estar enteramente comprometido y, a la vez, estrictamente separado del mundo”, experiencia que lo acerca a la Divino. De ahí concluye que construir una vida ética depende de mantener abiertas dos caras paradójicas, “la del absoluto realizable en la medida que sea menos que si mismo, y la del particular que encarne lo sublime que trasciende del propio cuerpo”. 

Todo esto para reconocer que nada cambió en el tránsito del Estado confesional que teníamos, al laico de la Constitución del 91. Vemos como posiciones que antes parecían antagónicas e irreconciliables entre la derecha y la izquierda, incluido el pensamiento agnóstico, confluyen al reconocer lo clave del influjo Divino, de la iluminación del Espíritu Santo en mi concepción Católica, para poder responder con mejores soluciones a los nuevos problemas y desafíos que enfrentan los Estados.

Ruego a Dios porque nuestros políticos se concienticen de esto. 
 

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