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Capital, tracción e innovación

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La productividad y competitividad, así como la diversificación y sofisticación, se han vuelto clichés y lugares comunes, sobre los cuales coincidimos en la imperiosa necesidad de lograr solucionar las graves falencias al respecto; que por demás nos agobian en todos los planos económicos, solo porque gracias a nuestros líderes y hacedores de sus políticas públicas, seguimos enfrascados y patinando en el cómo.

Por todos es conocido que en términos generales nuestra oferta productiva sigue siendo principalmente primaria, por la gran participación que tienen las actividades agropecuarias y extractivas, donde el espacio para la manufactura y los servicios está cada vez más amenazado y por ende débil, pese a los esfuerzos realizados que siguen siendo inapropiados para las necesidades del país en el contexto actual.

Está claro que requerimos realizar una titánica tarea de transferencia tecnológica que reconvierta el aparato productivo y lo coloque a la vanguardia, lo cual se convirtió en el único caballito de batalla y panacea para nuestros males según los evangelizadores del tema, sin embargo y muy a pesar de los resultados favorables que tengamos, esto por sí mismo nunca llevará a la economía del conocimiento.

De ahí que debemos repensar nuestro modelo productivo que trascienda a la oferta actual y nos coloque en las condiciones que se merece un país como el nuestro privilegiado en recursos humanos, naturales y geográficos, relegado junto a toda la región a ser actor secundario en la economía global, de seguir como vamos y por hacerle caso omiso a los patrones que marcan la pauta al respecto.

Para eso diseñé y propongo el paradigma de desarrollo productivo innovador, que se cierne como la solución requerida ya que justamente combina los elementos claves y críticos de éxito en la materia, relacionados con el capital, la tracción y la innovación; elementos consustanciales para realizar la anhelada y deslegitimada transformación, al incorporar las competencias y capacidades requeridas para esto.

Sobre el capital, corresponde a la inversión necesaria para hacer el tránsito a la economía del conocimiento, que no viene ni llega por generación espontánea, sino que responde a unas condiciones y estímulos específicos, focalizados en atraer y fomentar aquellos sectores estratégicos que mejor respondan a ese propósito de manera sostenible, definidos como aquellos con pendiente elevada en la curva de desarrollo tecnológico, así como alto grado de eslabonamiento productivo y por ende, dinámica y creciente interacción en las cadenas globales de abastecimiento.

Son justamente esos sectores los que le dan la tracción y posibilitan la innovación permanente en los clústeres de mipyme del conocimiento, con oportunidades en evolución y desafíos permanentes, siendo esta la contraparte sobre la que debemos volcarnos para así potencializar el emprendimiento innovador nacional.

El principio es sencillo: capital de calidad genera tracción de calidad, pero además innovación de calidad; sobre lo cual hay un profundo desconocimiento y falta de conciencia, pero gracias a esta columna es posible dejar la inquietud y renovar el deseo inefable de servir en una tema necesario en todo el mundo.

Por eso no sorprende ver a gurús como Hausmann, asesor del Gobierno, con críticas al modelo nacional al compararlo con el panameño (artículo “Authentic Leadership” en Project Sindicate) y la semana pasada el nobel Stiglitz, porque habían señalado el norte a seguir.

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