Analistas

¿Optimista informado?

Norberto Bobbio, en El problema de la guerra y el camino de la paz, precisaba que no era un optimista, pero por ello no creía necesario rendirse, toda vez que “lo que está en juego es demasiado importante como para que no debamos, cada uno desde su sitio, tomar partido, aunque las probabilidades de ganar sean pequeñísimas”. Esta afirmación parece escrita para la coyuntura que vive Colombia, en donde el poder de la palabra conspira día tras día contra el proceso de paz.

 
Las tres estructuras normativas del ordenamiento internacional (soberanía, cooperación y solidaridad), que conforman una unidad formal, reconocen a la paz como un valor tutelar que garantiza la progresiva humanización del sistema y brinda un marco para la convivencia pacífica entre naciones. Este derecho, aún blando, que no se debe entender simplemente como la ausencia de guerra, en palabras de Manuel Becerra, es una condición creadora y dinámica unida al concepto de desarrollo, al punto que no es posible el uno sin el otro. Sin embargo, en Colombia creemos erróneamente que el desarrollo es una meta alcanzable pese a que vivimos en medio de un conflicto, y de ahí que con frecuente ligereza, en muchas ocasiones malintencionada, se constriñe, enferma y degenera el significado de las palabras. Impunidad es la palabra escogida por los que batallan por una paz como resultado de la guerra, que les facilita conspirar contra la vía negociada, desconociendo con cinismo absoluto que medio siglo de guerra no ha dado ni dará resultados y condenará a vivir la misma suerte a nuestros descendientes. 
 
El expresidente Uribe y su exvice Santos, que pese al combate permanente que tiene el país contra los insurrectos, y que fueron tocados por la guerra, complotan contra los esfuerzos de paz fundados en que se negocia una supuesta impunidad, descartando los límites que en este sentido impone el ordenamiento internacional a las partes y al que ellos tuvieron que acogerse cuando se negoció con los paramilitares. Se ha llegado a comparar, en vallas de campaña política, a Pablo Escobar con Iván Márquez, y se preguntan quién mató más policías, amañando el discurso para tergiversar los contenidos. Como dice Luis Fernando García Núñez, cuando se refiere a la escurridiza lealtad de las palabras, las pervierten, las moralizan, las encadenan a sus perversos objetivos, utilizándolas como testimonio de una justicia aparente.
 
No hay que ser un entendido en análisis crítico del discurso, para evidenciar cómo se escogen y ordenan los adjetivos con el fin de exaltar emociones. De hecho eso hago en estas líneas, guiado por la indignación que produce el hipotecar la paz de las generaciones futuras. Las declaraciones de los expresidentes Uribe y Pastrana sobre el fallo de la Corte de La Haya, se enmarcan en esta perversa dinámica de alterar los conceptos con la realidad, olvidando su rol antes y durante el proceso, dinámica a la que con cara dura se suma el exembajador Londoño, quien lideró la ingenua defensa y que ahora se excusa en la mala vecindad y en la pretendida ambición nicaragüense, en su sentir, aún no satisfecha.
 
Parafraseando a Leonardo Carvajal y tomando partido, tal como sugirió Bobbio, revelándome al pesimismo con un optimismo informado, prefiero apostar por una paz imperfecta, que por una guerra perfecta, como lo hice en su momento con la chanflona negociación de Ralito.