Analistas

Emoción pública

¿Podemos seguir evadiendo nuestra responsabilidad por convertirnos en caja de resonancia de lo que es falso? El pasado 6 de abril -en esta columna- mencionábamos que para sanear el debate público, agravado por el efecto multiplicador de las redes y el de muchos medios de comunicación, más preocupados por cuidar sus audiencias que su credibilidad, debíamos reasumir la ausente deliberación interior para enfrentar la instrumentalización del lenguaje, de la palabra, de la denominada posverdad.

Pero cómo hacerlo si nos distraen con información que tiende a regular nuestras emociones. Desde mediados de los noventa -de forma progresiva- en el mundo de la comunicación, la administración y la política nos cuentan historias con el “arte” de instrumentalizar nuestras convicciones. El storytelling o “arte de contar historias”, considerado como una forma de comunicación destinada a los niños, resurge adaptada a los nuevos tiempos en Estados Unidos, a mediados de los noventa, como un instrumento de persuasión y propaganda en manos de quien dispone del poder para ello. 

Christian Salmon en Storytelling. La máquina de fabricar historias y formatear mentes (Península, 2008), nos revela cómo una buena historia es un arma de distracción masiva que se utiliza para vender mensajes al público. La palabra se instrumentaliza con el fin de simular, convencer y movilizar. Una manipulación que no pretende modificar las convicciones de la gente -ese es su arte-, sino que busca hacerla partícipe de una historia apasionante. Dirigida a la facilidad que tenemos para creer lo que nos provoca excitación, no busca formar opinión pública debatiendo ideas, sino regulando emociones.

Así, como lo señalamos en aquella ocasión, la afectividad humana se impone a la racionalidad, pues interiorizamos los hechos en “caliente” y no nos preocupa enfriarlos porque tendríamos que asumir “un costoso ejercicio de deliberación interior”. Se desnaturalizan los hechos en la esfera pública, en palabras del profesor Manuel Cruz, de la Universidad de Barcelona, sin que los contenidos importen, pues no se trata de eso, sino de escenificar, a través de palabras, la identificación con alguien, así como la reafirmación en aquello de lo que ya se estaba convencido.

Además, citábamos la “digitalización de la conversación pública”, de la que habla Manuel Arias Maldonado, como un complemento ideal al servicio del acuerdo, de la confirmación de la emoción, amplificándola. Como lo dice Cruz, refiriéndose a la práctica política, los populistas “no gustan porque llamen a las cosas por su nombre, sino porque llaman a las cosas por el nombre que a los que escuchan les gusta”. “Lo que está en juego no es la verdad de lo que se dice, sino la verdad de quien lo dice, su presunta autenticidad”. 

Así, a nuestro juicio, se explica la falta de ponderación y objetividad de dos hechos recientes acecidos, de forma independiente, en Colombia, por un lado, el afán de desnaturalizar la entrega de armas de las Farc a la ONU -que la entiende como la más seria y organizada de la historia y la única que supera más de un arma por hombre que se desmoviliza- y, por el otro, la cloaca de trinos desatada luego del despreciable atentado del Centro Comercial Andino en Bogotá, que se tradujo en tres muertos y ocho heridos, y que algunos quisieron relacionar con el proceso de paz para desvirtuarlo.