Analistas

Derruyendo el multilateralismo

¿Cómo enfrentar a un bravucón con poder? Es la pregunta sin respuesta para la Comunidad Internacional que ha reaccionado con exagerada prudencia, tanto a la incontinencia como a los desafíos al multilateralismo del nuevo inquilino de la Casa Blanca.

Apostando a los contrapesos de los EE.UU., se confiaba que los ímpetus rupturistas de Trump no prosperarían. No obstante, los hechos -tempranamente- dejaban ver lo contrario, mientras el presidente se desprendía de sus colaboradores más moderados el estratega económico, Gary Cohn, el consejero de Seguridad, Herbert R. McMaster, y el secretario de Estado, Rex Tillerson.

Sin subalternos que lo contengan y con Mike Pompeo liderando un nuevo equipo de halcones, el populista Presidente se siente sin ataduras para imponerse fuera de sus fronteras y crecer dentro en las encuestas, gracias al bajo nivel de desempleo y al humo que oculta sus escándalos, y todo con miras a las elecciones legislativas de fin de año que deben garantizarle mayorías para descartar un eventual impeachment que amenace su mandato.

De ahí que rompiera el acuerdo nuclear multilateral con Irán, diera vía libre a la apertura de su embajada en Jerusalén, siguiera amenazando la suerte del libre comercio con Canadá y México y aplazara las decisiones arancelarias con Europa. Como atenuante anunció su próxima reunión, el 12 de junio, con Kim Jong-un en Singapur.

Con justificaciones que a los colombianos nos suenan muy familiares cuando se negocia o se acuerda la paz, pese al cumplimiento escrupuloso de Irán, justifica su retiro del acuerdo firmado en 2015 porque no había servido para reducir “la injerencia maligna” de Teherán en la región, ni había frenado su programa balístico ni su capacidad para reemprender la senda nuclear.

“El acuerdo descansaba en una gigantesca ficción (…) Si no hacíamos nada, el mayor patrocinador mundial del terrorismo iba a obtener en poco tiempo la más peligrosa de las armas”.

En palabras de Peter Beinart “mientras las demás naciones deben cumplir sus requerimientos, EE.UU. no tiene compromisos con nadie”. Los tiempos en que EE.UU. entendía su responsabilidad global, se quedaron en la administración Obama, “para Trump no hay tales responsabilidades, todo son derechos”.

En la última columna de 2017, cuando la administración americana explicaba por qué era necesario relocalizar su embajada en Israel, nos referíamos al anuncio, no como un acto más de inconsecuencia de Trump, sino como un plan nacionalista que explicaba su política exterior aislacionista. Las preguntas que surgen ahora giran en torno a si Washington quiere una nueva coalición internacional que obligue a Irán a aceptar un acuerdo nuclear menos favorable a sus intereses, y lo más grave, que si lo quiere, tenga la capacidad de lograrlo con unos socios que ya no confían en él.

El Gobierno Bush, que hoy se ve técnicamente más competente e intelectualmente más honesto, no logró una ocupación exitosa en Irak, aunque muchos lo prometieron antes de la guerra.

Trump y sus halcones consideran no solo que el tratado con Irán era malo, sino que su ruptura los fortalece en la negociación con Corea del Norte. Es decir, creen -ingenuamente- que una cumbre entre “líderes supremos” logrará resultados en términos de máximos. ¿Todo o nada? Si es lo último ¿quién lo apoyará para detener al régimen norcoreano?