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Suenan las alarmas

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Preocupa lo que ocurre en el mundo con el menos malo de los sistemas de Gobierno, según Churchill. Hay una crisis por la pérdida de confianza de los pueblos en los fundamentos de la democracia que la revolución francesa refrendó con sangre. El mundo moderno sigue buscando el perfeccionamiento de un sistema que, con base en la delegación de las mayorías, garantice el equilibrio social, la independencia de los poderes, el respeto a la diferencia, la equidad, los derechos de las minorías y la extinción del autoritarismo. Hoy las democracias pierden maniobrabilidad por la desconfianza de los electores. Francia, España, Gran Bretaña, padecen del síndrome del Brexit, la fiebre del populismo y la xenofobia que amenazan el modelo democrático de la posguerra.

La cumbre del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional en Washington, prende las alarmas en el campo económico. Christine Lagarde, directora del Fondo, señala los riesgos de una desaceleración mundial por el aumento excesivo de la deuda pública, la inestabilidad financiera, la política cambiaria y los intereses tendiendo a cero que concentran el capital, reducen la rentabilidad y recortan la inversión, quitándole margen de maniobra a la economía para una futura desaceleración. Lagarde recomienda una política fiscal austera, pero efectiva en recaudos progresivos que permitan la inversión social, el crecimiento sostenible y la atención de la deuda. El FMI alienta la inversión para detener el cambio climático y para combatir la corrupción que se come cuatro puntos del PIB orbital e impide el crecimiento de las dos terceras partes de los países del mundo. Solo así se generará resiliencia en las democracias para enfrentar los aumentos poblacionales, los cambios tecnológicos y la globalización comercial.

Siempre me llamó la atención la frase del dramaturgo irlandés, Bernard Shaw, tan dado a caricaturizar lo trascendente, cuando afirmó que “la democracia es la sustitución del nombramiento de una minoría corrupta, por la elección de una mayoría incompetente”. En Colombia vivimos ese trance en lo político y tenemos los riesgos que el FMI enuncia. Mientras el Ejecutivo no recupere el liderazgo, dejándose imponer la agenda del Centro Democrático y más exactamente de su jefe, la economía entrará en cuidados intensivos pues el desempleo, el déficit comercial, el déficit de cuenta corriente y la falta de recursos para las inversiones públicas, incentivan la protesta social que no puede atribuirse obcecadamente a la oposición ni a la herencia del Gobierno anterior. Carece el Presidente Duque de un equipo de Gobierno idóneo para atender los retos de la violencia, los reclamos sectoriales, el narcotráfico, la migración, las reformas estructurales inaplazables, y las relaciones, cada día más tensas, con el legislativo.

Insistir en volver trizas la paz, en venezonalizar la agenda y en seguir usando el espejo retrovisor, es un desgaste innecesario que exacerba los ánimos, atiza la confrontación política interna y genera nubarrones en la política internacional.

El petróleo nos está dando la mano, transitoriamente, pero si no se hacen ajustes en la política, podemos pagar un alto precio económico. No estamos tomando las precauciones fiscales de austeridad, ni buscando los medios efectivos para generar ahorro y crecimiento sostenible, con miras a conjurar los desajustes previsibles en 2020 y 2021.

Suenan las alarmas en el orbe, pero acá, la imprevisión, el barullo de la confrontación y los insultos, oscurecen el rumbo.

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