.
Analistas 27/10/2018

Percepciones diferentes

Siempre la humanidad estará frente a la posibilidad de ver el vaso medio lleno o medio vacío, dependiendo de su intuición cognitiva y de la aparente invulnerabilidad que rodea a hombres y mujeres, según se sitúen en el campo del optimista irredimible o del pesimista bien informado.

Algo ocurre en el país que añade a su polarización y fraccionamiento social, in crescendo, una lectura que no se compadece con la realidad. La clase dirigente y el Gobierno, o por lo menos algunos sectores, parecen ignorar las cifras que muestran el frío mensaje de la situación social y económica actual.

Según el Dane, en Colombia, 8,3 millones de personas son pobres; es decir, 17 de 100 pertenecen a ese grupo de acuerdo al Índice de Pobreza Multidimensional (IPM). Por ingresos, 26 personas de cada 100 eran pobres en 2017, con un ingreso de $250.620, que es el costo mínimo de una canasta básica, aunque nadie sea capaz de vivir dignamente con ese dinero. Siete de cada 100 personas están en condición de pobreza extrema, con un ingreso inferior a $116.330.

La revista Semana trae un informe que deja al descubierto las enormes desigualdades que aquejan a nuestra sociedad y muestra que, contrario a lo que creen algunos, los colombianos viven con muy pocos ingresos, pues 60% de los que trabajan recibe menos de dos salarios mínimos, lo que indica que hemos graduado de clase media, sectores vulnerables que viven en riesgo de caer en la pobreza.

Los expertos coinciden en que la desigualdad y la pobreza se explican, en primer término, por la falta de educación. Según estudios de la Cepal, el 10% más rico de América Latina tiene siete años más de estudio que el 30% más pobre, y el trabajador raso difícilmente supera, en algunos países, los cinco años de estudio. Conclusión: no estamos invirtiendo en educación lo necesario y no hace la sociedad el esfuerzo que debía hacer para superar ese cuello de botella.

De otra parte, el BID ha dicho claramente que América latina podría acabar con la pobreza si acabara con la ineficiencia del gasto, en el sector público, que desperdicia US$220.000 millones al año.

Pero a los que vemos el vaso medio vacío nos preocupa saber en que planeta vive nuestra clase política. Los debates que hoy entretienen al Congreso, apuntan a mantener el statu quo, y hay una clase dirigente de espaldas al país.

Nadie entiende la ligereza con que algunos sectores aplauden actuaciones dignas de ser revisadas. Sigo sin entender la incómoda posición del Minhacienda. No puedo compartir la actitud del Presidente y de su Canciller, en el tema Venezuela, y mucho temo que más temprano que tarde vamos a pagar los platos rotos de una política equivocada.

El Congreso no entiende que el país está hastiado de corrupción y clientelismo y sigue caminando en dirección contraria. Hasta nuestros tribunales parece que se sumaran a los que quieren ignorar realidades sociales y políticas. Respetamos las decisiones de la Corte Constitucional, pero tengo la impresión, por los resultados de la votación, en el caso del exalcalde Petro, que hay internamente muchas dudas sobre la conveniencia de limitar el derecho a ser elegido por autoridades administrativas sesgadas políticamente.

Los ciudadanos de a pie vemos desde la llanura un país diferente, y lo que más deseamos es que nuestro pesimismo no obedezca a problemas de información o a percepciones diferentes, dada la velocidad del cambio en la era del crecimiento exponencial de las ciencias, que parece no ha llegado a la política.