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Más vale tarde que nunca

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En medio de los habituales escándalos de nuestra actualidad nacional, pasaron desapercibidas dos noticias, una negativa y otra positiva, de la mayor importancia, para la agenda económica del país: la decisión de Standard and Poor´s de revisar a negativa la perspectiva de las calificaciones crediticias de las instituciones financieras y la del Banco Colpatria de no cobrar algunos servicios que presta a sus clientes.

De la primera tendrá que ocuparse el Gobierno para tomar dos medidas impopulares e inaplazables, ahora que la popularidad escasea: el recorte efectivo de los gastos y la presentación de la reforma tributaria que independientemente del calificativo que se le ponga, será inoportuna para los bolsillos de los colombianos en época de franca desaceleración económica

La segunda es una aplazada decisión de la banca colombiana que estaba en mora de tomar. Los costos de actividades no operacionales representan enormes utilidades para ese sector y una talanquera para la bancarización de los colombianos. Hasta María Mercedes Cuéllar expresidenta de Asobancaria, que durante años no hizo más que defender esa situación, aplaude la medida de Colpatria. Esa política es francamente abusiva y onerosa para los cuentahabientes que no entienden por que tienen que pagarle a un banco para que guarde su dinero, lo utilice, y de paso, le cobre por devolvérselo o por entregarlo a un tercero, tomándose el tiempo que quiere, escudado en el inefable “sistema”, verdugo tecnológico del usuario. 

El año anterior el sistema financiero, al mes de octubre, obtuvo ganancias por una valor de $11,9 billones frente a $9,3 billones de igual periodo en 2014, reflejando un crecimiento de 27,9%. Los bancos reportaron $8,4 billones de utilidades en el mismo periodo con un crecimiento de 35,6%, respecto 2014. Mas de 50% de esas utilidades, corresponden a los servicios que presta. 

En Colombia se ha estimulado una pereza financiera que lleva a los bancos a eliminar los riesgos eludiendo el compromiso social de impulsar el desarrollo vía créditos apalancando proyectos productivos. En el país han venido decreciendo consistentemente los microcréditos y el crédito agropecuario.

El fenómeno no es exclusivamente nuestro. Latinoamérica avanza en un proceso de concentración de riqueza, impulsada por una banca oligopólica que aun en época de vacas flacas sigue generando ganancias fabulosas.

En Brasil, el lucro conjunto de los cuatro mayores bancos creció 46% en el primer semestre de este año respecto al mismo período de 2014. En México las utilidades del primer semestre de 2015 crecieron 14% frente a las del mismo periodo en 2014. Venezuela y Argentina están entre los primeros países de la región por retorno de capital en el sector financiero según la revista Banker.

En Chile y Bolivia, la situación del la banca en el último año ha sido diferente por factores de impuestos en Chile, y de obligaciones legales en Bolivia donde se exige invertir  50% de las utilidades en el sector productivo y en la financiación de vivienda de interés social. Allá las utilidades del sistema bancario bajaron 14,47% y 3,38% respectivamente en 2015 respecto del 2014.

Definitivamente, aquí como allá, los servicios financieros son excesivos y están generando fenómenos de concentración de riqueza, de inequidad y de ausencia de democratización del crédito que no llega a pequeños productores y a sectores informales de la economía que tienen que recurrir a créditos extrabancarios por la falta de historial.

Bien por la decisión de Colpatria, que demuestra claramente que estamos frente un fenómeno especulativo. El Estado no puede seguir esperando la generosa determinación de la banca para cambiar sus políticas de costos de servicios. Urge regularla, para alcanzar la meta de bancarización plena que pide el Banco Mundial para 2020, para democratizarla y para ponerla en la ruta de cumplir la función social que le corresponde.
 

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