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De la injuria al debate

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A ocho días de la elección parlamentaria, la economía es víctima de la incertidumbre, no solo por el magro crecimiento registrado en el año pasado, sino porque no hay clima para hacer el debate sobre los agujeros negros de esa cifra que, analizada con detenimiento, muestra el deterioro de la industria manufacturera, el pobre desempeño del agro, que no pasó del 1,1%, en el ultimo trimestre, según el Dane, y la preocupante caída del comercio en el cuarto trimestre que tradicionalmente ha sido el del mejor comportamiento en un sector estrechamente ligado al empleo. A lo anterior se suma el acoso de las calificadoras de riesgo que han puesto la economía del país al borde del desplome en sus títulos de deuda, enviando una clara señal de que no hay suficiente confianza en las decisiones políticas que se deben tomar para reducir el déficit fiscal, teniendo en cuenta la inelasticidad del gasto público y el reducido margen de maniobra que le queda al país en materia tributaria.

El clima electoral genera incertidumbre que se agrava por irresponsabilidad y apasionamiento. No es serio jugar al pastorcito mentiroso con quienes, por razones mezquinas, volvieron el insulto castrochavista una teoría económica y el temor a convertirnos en otra Venezuela una posibilidad real. Nadie puede creer que las encuestas son infalibles y eso es caso juzgado, pero de ahí a ponerle la campana neumática a las propuestas de uno de los actores de primera línea en la carrera presidencial, hay una gran diferencia.

Fue importante presenciar la entrevista que La República hizo a Gustavo Petro y sorprendió el numeroso seguimiento que de ella hicieron en las redes. Sus planteamientos sobre tierras improductivas, sobre la matriz energética dependiente de combustibles fósiles y sobre el desmonte de los sistemas de pensiones y de salud, para sacarlos del ámbito financiero, son propuestas serias que nada tienen que ver con el manejo torpe del régimen venezolano que el mismo candidato ha denunciado públicamente. Paradójicamente, hasta los propios comentaristas de nuestra casa abandonan el campo académico o el campo conceptual para recurrir a la descalificación que tanto daño hace.

Tarde o temprano el país tendrá que abordar el tema secularmente aplazado del catastro rural y de la tierra improductiva. Esa ya no es una teoría de izquierda trasnochada e inexistente, sino un consenso de tirios y troyanos. La sustitución de fuentes fósiles de energía por fuentes no convencionales de energía renovable no es una idea descabellada, sino una necesidad inaplazable de la humanidad para combatir el calentamiento global y el cambio climático. Colombia tiene compromisos adquiridos internacionalmente en esa materia, y el Gobierno actual ya dio los primeros pasos para estimular la generación de energías limpias que sustituyan el componente de procedencia fósil en nuestra matriz energética y la utilización de grandes hidroeléctricas, cuyos efectos ambientales negativos son una realidad. Hasta países menos desarrollados que el nuestro, como Honduras, han avanzado considerablemente. En materia de salud y régimen pensional, es inaplazable la reforma de los sistemas vigentes para sacarlos del ámbito meramente financiero y eliminar la injerencia perversa de la corrupción y la politiquería.

Hay un actor político que está poniendo el dedo en la llaga, a quien se debe controvertir con argumentos y no con injurias, porque su propuesta le está llegando al país nacional, independientemente de cómo se lean las encuestas.

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