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Analistas 02/07/2022

Pobreza eterna

Diego Gómez
PhD, Profesor EIA, Director ECSIM

La pobreza ha sido uno de los temas persistentes del populismo latinoamericano, sin lograr nunca resolverla por la incapacidad de las soluciones que pretende, pero al mismo tiempo como si no quisiera resolverla para poder justificar la propia validez de su permanencia. Y es que la pobreza como instrumento político padece del mal de la “definición útil del problema”, así llevemos 70 años viendo con los resultados que es errada.

El populismo piensa que la pobreza es un asunto de justicia social, de inequidad en la repartición de los ingresos, de incapacidad del estado para asistir a los vulnerables. Sin embargo, la evidencia analizada metódicamente indica que la pobreza se resuelve construyendo sociedad, no dando asistencia estatal. Se resuelve contrayendo capacidades, no generando dependencias. En lo más esencial de ser humano, construyendo autonomía y dignidad, no servilismo ante el estado. Lo primero fortalece la democracia, lo segundo la destruye.

La definición cierta del problema se debe aproximar desde un ejercicio sobre la evidencia empírica que permita establecer los determinantes y las dinámicas de la pobreza. Entonces, se lleva a cabo un ejercicio donde específicamente se hace un análisis de componentes principales sobre un panel de datos de 170 países con datos entre 2004 y 207. El resultado, luego de una priorización y agrupación de 26 indicadores asociados a la pobreza, consolida los determinantes en cinco factores.

Un primer factor son los determinantes sociales: el crecimiento poblacional, el embarazo adolescente, la participación de la mujer en el mercado laboral. El elemento central es el embarazo temprano. Mientras en Europa Oeste la edad promedio de primer embarazo está por encima de los 30 años, en Latinoamérica está por debajo de los 21. Este embarazo temprano inhabilita la construcción de capacidades en las jóvenes adolescentes latinoamericanas.

Un segundo factor agrupa los determinantes institucionales: el respeto a la ley, la baja corrupción, la eficiencia del estado, el acceso a servicios públicos. En este factor salimos a deber en todo Latinoamérica.

Un tercer factor son las capacidades económicas del país. Mientras más rico sea y más ricos haya, hay más empleo y menos pobreza. En este factor también se encuentra el nivel de impuestos al ingreso de las personas.

En los países latinoamericanos las personas aportan más de sus ingresos personales, mientras que en los países más desarrollados el mito latinoamericano del rico explotador no aparece, ocurre exactamente lo contrario.

El cuarto factor y fundamental, es la tasa de inversión en la sociedad. Mientras más empresas se creen menos pobreza se tiene. El mecanismo vinculante de la dinámica es la creación de empleos y la construcción de capacidades sociales.

El problema en Latinoamérica es que la aproximación ideologizada de la pobreza y su instrumentalización política nos ha conducido de manera precisa por los caminos contrarios a la solución del problema. Las pesadas cargas regulatorias e impositivas a las empresas bajo los supuestos de repartición de los ingresos y control a los abusos, terminó inhabilitando la dinámica central en la superación de la pobreza. Para la simple evidencia, los países asiáticos en los últimos 70 años han sacado de la pobreza a más de 1.200 millones de personas.

Para la reflexión, la iniciativa de nueva reforma tributaria estaría en contravía de lo expuesto. Una mayor captura de la economía del estado se hace a costa de las capacidades de inversión en la sociedad, y eso no reduce la pobreza, la aumenta. Si se quieren recursos, se deben obtener de una mayor eficiencia en la asignación perversa de subsidios que hoy se tiene.

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