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Analistas 21/07/2021

Tributaria: la calle manda

Carlos Ronderos
Consultor en Comercio y Negocios Internacionales

Colombia presenció el más claro ejemplo de las contradicciones entre los tecnócratas y la realidad social y política. No es nuevo. “Genios” de la economía han venido formulado, desde la década de los sesenta del siglo pasado, fórmulas económicas mágicas que habrían de sacarnos de la pobreza. Desde la torre de cristal de los organismos multilaterales se impartieron ordenes incumplibles y que solo daban frutos en complejo modelos econométricos. Por esas entidades rotaron los pasados y los futuros ministros de Hacienda que llegaban con doctorado debajo del brazo a implantar el modelo económico de moda.

En el papel, la reforma tributaria que se preparó con ideas de los más grandes expertos de la Ocde y un muy profesional equipo de tecnócratas para sacar a Colombia del hueco en que la había enviado la pandemia, funcionaba. Siguiendo los más estrictos parámetros de las doctrinas tributarias, se planteó que los colombianos no tributábamos lo suficiente. Con cifras que son nuestra gran paradoja, que indican que si bien tenemos las tasas impositivas más altas, somos de los que menos tributamos per cápita, había que, en consecuencia, poner a tributar a todo el mundo. A los pensionados, a la empobrecida clase media y, en general, a todo a quien un estado corrupto e ineficiente pudiese arrebatar un poco. Basados en otra verdad de la doctrina tributaria, en el sentido que son lo impuestos indirectos (léase IVA) los que deben primar sobre los directos (léase renta), incorporando así a todos los ciudadanos a la base recaudadora, se propuso un aumento bastante garoso de los impuestos a las ventas.

Pues esa magnifica propuesta elaborada desde la torre de marfil del ministro Carrasquilla, que con ese último pase esperaba pasar a las mieles de los organismos multilaterales (CAF), como premio a su rigor ortodoxo, fracasó. Estaba todo listo. Se tenían amarrados los votos en el Congreso y, para ello, ya se habían hecho ajustes en la nomina oficial desde los ministerios hasta los institutos descentralizados a nivel regional, que son los que verdaderamente garantizan los votos para la campaña que se avecina. Y con ese arreglo en el seno de la democracia se demostró el segundo gran divorcio entre realidad y deseo. Los partidos políticos, interpretando más su apetito burocrático que el sentir de sus electores, estaban ausentes del sentimiento y la realidad que sucedía en la calle. Fórmula perfecta para una revuelta y para que en ese río revuelto pesquen las “fuerzas oscuras”.

Una política económica divorciada de las realidades de la calle y una política de unos partidos que dejaron hace años de representar el sentir ciudadano y se convirtieron en franquicias que permiten a gamonales asegurar su curul familiar provocaron el estallido. ¿Qué se logró con esta masiva manifestación pública? Se logró que con vocación de humildad, que recomienda la santa madre Iglesia, y con realismo, que recomiendo, el grito desesperado de unos jóvenes sin futuro y un acto de contrición, aún corto, se pueden resolver los problemas fiscales. Desafortunadamente demasiado tarde y desafortunadamente con unos políticos que siguen en la estratosfera pensando en campañas políticas con pretensiones presidenciales.
Indicativo del despiste de la clase política es que, en todo esto, la única propuesta es la fórmula populista de Petro, mientras los demás callan y discuten fórmulas mecánicas para ver quién hereda el pastel.