Analistas

La Paz: lecciones de pragmatismo

Como en el famoso comercial del publicista brasileño Washington Olivetto que pautó Alquería en 2004, la Paz es un producto deseado por todos. El problema es que después de 50  (¿o de verdad 200?) años de guerra acumulando odios, como lo decía Kapuscinski, el precio a pagar por la Paz se ha vuelto demasiado caro para muchos. 

Ese precio tan alto viene de vieja data, desde la falta de conciencia real de Bogotá frente a las dificultades de la vida en las regiones: la inseguridad, la ausencia del Estado. Este debate lo prendió Antonio Nariño con el centralismo versus federalismo, pero la Seguridad Democrática demostró que puede haber seguridad en todo el país.

Para otros, el esquema de una justicia transicional es insuficiente. Este de la justicia es un sapo duro de tragar, durísimo para los que hemos sufrido de alguna manera a la guerrilla (aunque las víctimas son las primeras en perdonar). Un argumento para mí ha sido demoledor: si hubiere que haber juzgado a todos los nazis, prácticamente había que haber puesto en la cárcel a Alemania entera.

Por otro lado, un buen acuerdo de paz no puede pasar por la humillación del vencido. Acordémonos del desastre del tratado de Versalles que debía acabar la primera guerra mundial y terminó prendiendo ahí mismo el polvorín de la Segunda Guerra Mundial. Esa lección se aprendió y por eso en 1945 los Estados Unidos pusieron a funcionar el Plan Marshall para recuperar las economías y generar progreso.

Todos estos debates tienen validez y son, como la paz, imposibles de rehuir. Con el Postconflicto tendremos que demostrarnos a nosotros mismos que Colombia no es solo un país de ciudades y que el desarrollo, los servicios de salud, el empleo inclusivo le debe llegar también al 30% de la población que todavía vive en el campo. 

Este es un reto para todos: El Gobierno, el sector privado, los ciudadanos de a pie e incluso la comunidad internacional. El aporte de todos será fundamental en ese proceso.

Recuperar las zonas más golpeadas por el conflicto es una apuesta en la que en Alquería está ya comprometida, con programas como la de Leche para la Paz donde en La Macarena están vinculados más de 1.500 productores de leche, con el propósito de garantizarles $20.000 millones al año en compra de leche y apoyarles el desarrollo de su productividad y conexión al mercado formal.

Entendamos que en la perspectiva histórica, la guerrilla es una rescoldo del Tratado de Versalles vuelta Segunda Guerra Mundial vuelta Guerra Fría, oxigenada por la droga, por la minería ilegal, por comportamientos rapaces y salvajes de una población que creció en la guerra, en la violencia. Pero que les sirve a pocos aparte de algunos políticos y a muchos capos.

Por eso, tenemos que apagar para siempre esas brasas para vivir tranquilamente como todos los países normales del mundo. Pero más allá, desarrollar ese potencial infinito que tenemos si nos dedicamos a trabajar en paz.

Debemos ser como lo soñaba el presidente de Serbia en 1995, un país aburrido como cualquier otro. Pero uno con una clase política que se ocupe de las necesidades de sus electores mucho, mucho más que las de ellos mismos, y sobre todo mucho menos corrupta. Porque esos sí son los verdaderos Castro-Chavistas.