Analistas 04/02/2020

El nuevo virus, un mal buscado

La imprudencia de querer hacer nuevas cosas, como cambiar hábitos alimenticios, para probar diferentes sensaciones y vivir nuevas experiencias, sin importar cuántas vidas humanas o de los animales se vean afectadas, puede generar un desequilibrio en la sociedad y la naturaleza. Esta es la causa del nuevo virus.

Somos tan inconscientes y nos encontramos tan alejados de la realidad, que la mayoría de las noticias “importantes” se basan en los efectos negativos en la economía, cuando la enfermedad real es que la naturaleza ya no puede respirar y nos está trasladando sabiamente su sentir. Sin embargo, la principal preocupación es cómo se privilegia aún más el capitalismo, con su derivado del desenfrenado consumismo.

Qué sentido tiene que la incertidumbre sea generada por las bolsas de valores, las inversiones y la economía global, cuando realmente es el desequilibrio en nuestras mentes el que está creando nuevas enfermedades debido a la equívoca forma de interactuar y las erróneas costumbres que traen consigo. Las monedas se desequilibran como aversión al riesgo; todo se mide en términos monetarios. Esto pareciera ser más importante que el elemento clave: lo humano.

El capitalismo debe reinventarse, porque sus mayores fuentes de riqueza, las personas y los recursos naturales, están padeciendo las consecuencias de un enfoque orientado únicamente al crecimiento económico, la acumulación de riqueza y bienes de capital. ¿De qué sirven grandes empresas y las potencias mundiales, si todo puede desaparecer en cualquier momento?

Es la hora de la evolución a un capitalismo verde, en el que las industrias contaminen menos y que los gobiernos incentiven la creación de empresas solidarias con el medio ambiente. Duras deben ser las exigencias que lleven al cierre de empresas, porque las sanciones monetarias comparadas con las grandes utilidades, nunca van a ser suficientes. Lo más importante es el cambio de conciencia de los habitantes de la tierra, para que solo consumamos y usemos productos que promuevan el desarrollo de una armonía entre la naturaleza, los animales y el hombre.

Las industrias y los gobiernos toman medidas de cierres de locales, fábricas y se implementan urgentes restricciones de viajes. Pero increíblemente uno que otro habla de un cambio drástico en el manejo del medio ambiente y la forma como debemos aportar para recuperar lo que hemos venido acabando durante siglos. La tierra no necesita del capitalismo para sobrevivir, solo requiere estar libre de nuestras amenazas para lograr su equilibrio.

Así el virus contagie las bolsas y al petróleo, el peor contagio es para la raza humana. Cada día, ésta es cada vez más irracional, pero en contravía, allí hay otra multimillonaria oportunidad para generar más riqueza en las multinacionales farmaceutas.  ¡Hay que mover y sacudir el mercado!

Por cientos de años hemos abusado de la tierra. Desde las personas que consumen indiscriminadamente cualquier animal, hasta los crueles hostigadores que exhiben como trofeos sus víctimas de turno. Los animales cansados de la infamia humana parece que comienzan tardíamente a defenderse. Cazadores de leones y elefantes han perdido su vida, como para que atendamos el ultimátum: o vivimos bajo las normas del respeto y el equilibrio, o todo se acaba. Seres supuestamente irracionales envían mensajes de muchas maneras, para que la raza humana, que se supone inteligente y racional, entienda que el fin está cerca.

El panorama es preocupante. Personas atrapadas en sus hogares, así como muchos suelen tratar a los animales; ciudades fantasmas; un sinnúmero de muertos y enfermos, son las expresiones reales de este virus en el que la tierra busca, a través del silencio y un aire más limpio, cómo regenerarse así sea de forma frívola y egoísta como lo está haciendo. Pero es que la madre de todo ya no da más ante el descarado abuso a que se ha visto sometida por centurias.

Adolecemos, además, de una empatía sincera y real frente a los desastres naturales. La indiferencia es total. Pareciera no importar nada de lo que sucede, a pesar de los elevados costos en vidas humanas que ellos generan. El llamado es a ser decididamente coherentes, a pesar de que estos fenómenos no lleguen a tocar las puertas de nuestras casas.

La naturaleza busca defenderse de alguna forma y ella lo hace sabiamente. Es una lucha por la supervivencia y, hoy más que nunca a través del cambio climático, desastres naturales y virus, el globo terráqueo nos demuestra que no aguanta más y solo nos queda esperar a ver con qué medio nos borre del mapa, para que una vez muerto el que debería ser su mejor amigo, se prepare para la llegada de otros seres. Ojalá, eso sí, dotados de menos egoísmo y mayor conciencia.