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Analistas 24/06/2021

De abuso en abuso

Carlos Ballesteros
Gerente de Bike House

Durante 37 años de vida laboral nunca había encontrado tantas oportunidades como dificultades en el trabajo. El sector del ciclismo en el que me desempeño vive, por fortuna, momentos de auge, pero paradójicamente, al igual que en muchas empresas, ronda la incertidumbre. Los abusos vienen de una y otra parte, lo que deriva en una cadena de hechos lamentables sucedidos a partir del año 2020. Veamos:

1. Apareció la pandemia del covid-19 y tuvimos que cerrar temporalmente las empresas, pero manteniendo los gastos de personal, arrendamiento y costos financieros, entre lo más relevante, sin faltar el descaro de algunos arrendadores que aprovecharon para cobrar sanciones por entrega anticipada de locales o mantener su valor como si nada pasara.

2. Debemos afrontar la enfermedad causada por el virus, tanto en nuestras familias como en los empleados, incluidos los tristes desenlaces, que de haber llegado las vacunas antes, hubieran podido evitarse muchos de ellos. Hasta la “salvación” de los bancos fue corta, porque el haber ayudado con la congelación de pagos, solo aplazó las deudas, se acumularon más intereses y muchas empresas tuvieron que cerrar.

3. Luego sobrevino la reapertura y, gracias al buen volumen de ventas, bajó el nivel de inventarios, pero los tiempos de producción se incrementaron de tres hasta 18 meses, sin tener alternativa alguna para responder frente a la demanda, pero sí manteniendo empleados y demás gastos.

4. Debido a la alta demanda se generó escasez de materias primas y componentes que incrementaron los precios entre un 15% y 22% a nivel mundial.

5. Las grandes órdenes mundiales de muchos sectores de la economía colapsaron, los envíos marítimos y los fletes pasaron inexplicablemente de US$1.500 hasta US$ 14.000 por contenedor de 40 HC. Las navieras incrementaron fletes de manera arbitraria y desmedida frente a la urgencia de las importadoras para recibir productos.

6. Las fechas de embarque fueron y han sido pospuestas, una y otra vez, debido al alto flujo de tráfico, aumentando las demoras y, por ende, retrasando aún más las entregas.

7. Llegaron las protestas, los cierres de vías y el injustificado vandalismo que obligaron de manera irresponsable a confinar los puertos marítimos, generando el represamiento de productos. Con esto se disparó el desabastecimiento y la angustia para muchos empresarios. Y vinieron, además, las cifras récord de contagios y muertes por covid-19.

8. Los contenedores que traen productos y mercancías importadas llegan al puerto marítimo y, al no poder salir, deben pagar altas sumas de almacenamiento sin recibir a cambio ninguna ayuda ni descuento de parte de los lugares de desembarque.

9. Después de un mes de crisis hay que proceder a nacionalizar los productos pagando impuestos, IVA, almacenamiento y moras por anticipado. La gran mayoría de las empresas debieron sacar dinero de donde no había, recurriendo a préstamos con tasas de interés regulares, sin tener ninguna contemplación por la crisis vivida.

10. Las navieras, no contentas con el alza desmedida de los fletes, cobran sin piedad hasta US$200 por día de mora en devolver los contenedores y algunas disminuyeron los días libres de entrega. Lo anterior significa que si un contenedor llegó a finales de abril y salió a principios de junio, después de “levantar” los bloqueos, en promedio pagó $12 millones en almacenamiento y hasta $20 millones de mora por contenedor. Además, las navieras generaron más cobros adicionales, en algunos casos, por no recibir los contenedores vacíos en cada ciudad, obligando a llevarlos a puerto.

11. Cuando pensábamos que no serían más las sorpresas, se presentó la estocada final: los transportadores subieron el precio de los fletes de Buenaventura, pasando de $ 3,5 millones hasta $10 millones.

12. Debido a la congestión en los puertos, los productos no llegan y los clientes se desesperan, lo que produce confrontaciones y malentendidos. Los resultados son nefastos para la sociedad, porque la mayoría de costos extras se trasladan al consumidor final, sin faltar los que abusan aumentando más de lo justo.

Por uno y otro lado, los empresarios debemos asumir todos los males del Estado, además del vandalismo y los cierres protagonizados por una sociedad inconforme. ¿Será que si desaparece la clase empresarial, mirada con odio por muchos, llegarán tiempos de prosperidad? ¿Quién pagará los gastos e inversiones del Estado sin la ayuda de los impuestos?

El llamado es a que mejoremos a Colombia. No la destruyamos, aunque nuestra patria haya demostrado templanza y resiliencia ante tanta maldad desatada. Esta es una raza amable, trabajadora, pujante y luchadora. Por eso y mucho más, y a pesar de tantos problemas, ¡de aquí nadie nos saca! No vamos a irnos para otra nación, porque esta es nuestra casa, pero es urgente acabar con tanto odio y abusos de uno y otro lado, trabajar con compromiso social y tomar decisiones de fondo en el control a una desmedida corrupción que nos agobia.

Desde aquí invito a los empresarios a trabajar unidos, con berraquera, optimismo y con más ánimos que nunca, ayudando a los más necesitados para acabar con tanta desigualdad, porque más importante que acumular es compartir de manera solidaria y generosa, ya que la indiferencia también es nefasta para vivir en comunidad. Nuestro adorado país no puede ser destruido por unos pocos. Los que queremos a Colombia somos más, pero los abusadores deben ser menos.