Analistas 12/12/2020

Abuelos y padres, en brazos de la soledad

Hoy más que nunca, sin importar la clase social, vemos valores tan determinantes como la bondad y la gratitud que no fueron sembrados en los corazones de muchos hijos y nietos.

Abuelos y padres encuentran que el final de sus capítulos existenciales es muy similar: atrapados en la soledad, contando los días y las horas para ver a sus seres queridos, excepto aquellos que ya nadie los recuerda, muriendo en silencio sin que nadie los reclame. Vidas entregadas por años a sus familias con muertes en el anonimato.

Cuánto amor dieron estos seres de luz; cuántas enseñanzas de vida forjaron nuestro destino; cuántos abrazos y besos se fueron como si nada al tacho del olvido.

Los abuelos fueron ángeles que abrieron sus alas para protegernos de los regaños de nuestros padres. Ellos nos enseñaron el amor por lo simple y el disfrute de la naturaleza en su máxima expresión. Seres dotados con sentimientos incondicionales, contadores de historias fantásticas que hicieron que nuestros ojos brillaran a quienes les pedíamos tiernamente: “abuelitos, cuéntenme más”.

Fueron muchos los sabios consejos que recibimos de parte de ellos. Si algo los distingue, es que son mujeres y hombres que miran y sienten desde lo más profundo de su corazón a los hijos de sus hijos; que cierran tristemente los ojos después de cada despedida, pero que se llenan de júbilo con el regreso de sus seres queridos.

Los abuelos son la genuina representación de las personas llenas de amor incondicional, provistos de ese amor real que resiste el tiempo, la soledad sin importar la tempestad y el frío de nuestra ausencia, que pareciera los hiciera invisibles. Sus actos de bondad siempre se han extendido ante el prójimo, porque aunque se tuviera menos, se compartía más. Son grandes lecciones de vida las que brindan, que son olvidadas por culpa del individualismo y el egoísmo.

Igual de importantes a nuestros abuelos son los padres, quienes dan todo por sus hijos.

¿Cuántas fueron las horas, los días y los años de compañía que recibimos de nuestros padres? ¿Cuántas fueron las noches que pasaron despiertos cuidando de nosotros, susurrando suavemente canciones de la infancia? ¿Cuántas acciones y demostraciones de amor quedaron enterradas en el olvido? ¿Cuántos momentos mágicos se borraron con el inexorable paso del tiempo?

Muchas preguntas nuestras, hechas una y otra vez a papá o mamá recibieron respuestas sin importar que fueran repetidas. En más de una ocasión nos tomamos de sus manos para no caer; fueron muchos los juegos que repetimos aunque no tuvieran ningún sentido. Ahora pareciera que no recordamos lo que ellos hicieron por nosotros, porque hoy perdemos la paciencia con sus preguntas, porque a veces no les brindamos nuestro apoyo y casi siempre olvidamos que terminan siendo como niños, con miedos y angustias por nuestras repetidas ausencias y desatenciones.

Envejecer duele, no solamente en lo más profundo del ser mirando el ocaso del sol, sino en cada movimiento, en el lento caminar, en la mirada que se pierde tristemente en el horizonte y en la lentitud de cada palabra y pensamiento.

El acto de envejecer con dignidad no puede convertirse, por ningún motivo, en un desafío acompañado de soledad, depresión, discriminación, maltrato y abandono. Los adultos mayores, con sus acciones, depositaron en nuestras almas buenos sentimientos y, ahora en su retiro, que los necesitan a manera de retorno, pareciera que ya no existieran. Se agota el tiempo de espera en su silencio y el reloj da vueltas ante sus miradas de desconsuelo al aguardar la presencia de un ser querido.

Cada visita de sus familiares y allegados es un honor para ellos. Propician un ambiente agradable y preparan alimentos y detalles con todo su amor; conocen tanto nuestros gustos que tratan de conquistar aún más nuestros corazones a través de los sentidos.

Será que el frenético afán de vivir nuestras vidas, no en plenitud, sino en acumulación de obligaciones, bienes materiales y responsabilidades, no permite darles a los mayores unos minutos de nuestro escaso y valioso tiempo, porque sinceramente, envueltos bajo el manto de la vida moderna, el dicho: “ya ni hay tiempo para nada”, cada día es más recurrente y popular. Prioridades negadas, encubiertas bajo el antifaz del egoísmo.

Y si hay algo concreto en estos tiempos de distanciamiento social, es hacer el simple ejercicio de pensar que algún día llegaremos a la senectud, reflexionando acerca de la forma como haremos este tránsito final. Cómo quisiéramos ser amados por nuestros hijos o nietos, es esencial para entender y cambiar nuestras acciones erróneas.

Es menester, en medio de estas cavilaciones, tener en cuenta que los progenitores y ancestros no son de hierro; su coraza con el tiempo se corroe paulatinamente con el dolor, la nostalgia y la tristeza. Son personas que en nombre del amor pudieron haber cometido errores y que como hijos no tenemos la potestad de juzgar ni justificar el abandono que algunos reciben a cambio. Aunque hay quienes se extraviaron en su papel de padres, no somos nadie para juzgarlos, porque el perdón y la reconciliación son la mejor opción. La única.

Valorar a los abuelos y a los padres no puede ser mirado como una obligación, es un acto de eterna gratitud con esos seres que nos dieron la vida y su alma sembrando la semilla para ser parte indivisible de los hijos y descendencia hasta la eternidad.

¡Feliz Navidad en compañía de sus padres y abuelos!