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Tierra cansada

Una explicación coloquial que dan los campesinos y productores agropecuarios colombianos acerca de su dependencia creciente del mercado de insumos químicos es que “la tierra está cansada” y ya “no da”.

Una explicación coloquial que dan los campesinos y  productores agropecuarios colombianos acerca de su dependencia creciente del mercado de insumos químicos es que “la tierra está cansada” y ya “no da”. 

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Pero al tiempo, reconocen que, entre más insumos aplican, peor la calidad de los productos y mayor la destrucción ambiental. Un dilema ya tradicional en las discusiones ambientales desde el libro de Rachel Carson, que impulsó la lucha contra “los doce del patíbulo”, referida a productos de alta toxicidad que algunos países aún utilizan en sus actividades agropecuarias, pero al cual se le añade un ingrediente crítico: los costos de los insumos también han hecho inviable la producción.

Si hacemos una sencilla correlación entre la capacidad productiva de nuestros sistemas agropecuarios y su dependencia progresiva de inversiones en agroquímicos, podemos prever ciertos escenarios recurrentes en el futuro cercano de continuar con el enfoque de mantener el statu quo de las políticas agropecuarias colombianas, y en los cuales se hará evidente que el descontento social está vinculado directamente con la destrucción de nuestros ecosistemas.

Uno de los argumentos de la protesta social reciente fue precisamente el del costo incremental de los insumos agrícolas y la dependencia de la asistencia técnica privada que los promueve en beneficio propio. Habría que preguntarse primero si los requerimientos de estos insumos son reales o una entelequia comercial, pero supongamos que, como dicen campesinos y productores empresariales, la tierra sí está “cansada” y los paquetes tecnológicos estandarizados ya no son suficientes para garantizar la producción de más y mejores productos: la capacidad de innovación va más lenta que los retos e impactos emergentes del modelo de revolución verde. En esta perspectiva, lo único que cabría esperar es que, tarde o temprano, los sistemas de subsidios, cada vez más difíciles de mantener incluso en países ricos, sean insuficientes, pues lo que estamos viendo es la sustitución de sistemas de producción agropecuaria por economías de insumos, que, en sí mismas, no producen comida. Parece que la que está cansada es esa revolución verde…

Profundizando un poco en la noción de la “tierra cansada”, vemos que la eventual necesidad de abonos, pesticidas o herbicidas (muchos de los cuales se usan en Colombia a pesar de su patogenicidad) que se predica y ya está inseminada incluso en el pensamiento campesino, lo que denota es la destrucción y pérdida de las cualidades ecológicas del territorio que podrían convertirse en servicios ecosistémicos gratuitos hacia los productores: regulación adecuada y espontánea de humedad en el sistema, control natural de epidemias, ciclado eficiente de nutrientes, polinización silvestre. Los científicos vinculados con el Convenio de Biodiversidad pidieron hace unas semanas, por ejemplo, una evaluación a fondo del papel de los pesticidas neonicotinoides en la extinción de abejas, tema que está causando multimillonarias pérdidas en Europa y Norteamérica. Algunos cambios ya se manifiestan en propuestas agroecológicas sustentadas por desarrollos basados en la comprensión de la complejidad ecológica en que están inmersas la agricultura y las actividades pecuarias, pero lo cierto es que se trata de iniciativas locales, incipientes y a veces más basadas en los buenos deseos y el mito que en algún sistema de conocimiento.

Algunas empresas y gremios también se están dando cuenta que con un poco de investigación ecológica de buena calidad y con empeño persistente, es fácil incorporar en sus prácticas, y por ende, en sus estructuras de costos, el manejo y aprovechamiento de estos aportes gratuitos que la biodiversidad les ofrece: a la larga, es en sus sistemas contables y perspectivas de rentabilidad donde se manifestarán las pérdidas que el deterioro ambiental produce, por seguir las recetas de un mercado del cual no hacen parte. Es clave pues, desarrollar una política agropecuaria que piense más en los productores como gestores de la calidad ambiental y nutricional de nuestros ecosistemas alimentarios (que son todos), que en mantener la estructura de un negocio que es una de las fuentes más dramáticas de insostenibilidad, en un contexto de cambio climático acelerado. 

La inversión en manejo de la biodiversidad no es un gasto suntuario, es la estrategia más eficiente para afrontar el descontento que crece y los paros agropecuarios del futuro: la tierra cansada es sinónimo de sociedad cansada…