Analistas

Paisajes fiscales

El investigador Víctor Galaz, del Centro de Resiliencia de Estocolmo, se pregunta por el impacto que tienen los flujos internacionales de capital en la configuración de los paisajes y territorios contemporáneos. Mostró esta semana, en el 2do encuentro del Programa global de transformaciones sociales y ecológicas PECS, en Oaxaca, cómo el intrincado tejido de transacciones que a menudo termina en paraísos fiscales regresa a los países como fondos de inversión minera o agroindustrial, logrando transformar rápida y masivamente el ordenamiento territorial, no siempre con efectos positivos en la sostenibilidad. Pensemos en el caso de los desiertos de soya a costa de las selvas Amazónicas del sur de Brasil.

La gigantesca movilidad del capital financiero representa un reto gigantesco para acompasar los cambios ecológicos que no tienen esa misma capacidad de ajustarse con el paso del tiempo. La asincronía y asimetría de las fuerzas monetarias con respecto de las biológicas e incluso de las culturales es una de las distorsiones inevitables de la globalización que puede producir un buen antropoceno, como algunos creemos, o empujar al colapso el planeta entero si no se consideran a fondo sus efectos y el potencial de transformación de todas las relaciones funcionales responsables del mantenimiento de las cualidades de la vida en la Tierra.

Los fondos de inversión, legales o ilegales, navegan compitiendo entre sí, a veces en sinergias letales pues en ello sacrifican la escasa gobernabilidad que retiene la sociedad sobre ellos. Sin embargo, inversiones decididas por parte de “capitales éticos” pueden hacer una diferencia significativa: hace unos meses grupos dedicados a la extracción y comercio de esmeraldas en Boyacá ofrecieron trabajar en conjunto con otros actores para restaurar los paisajes deteriorados por una actividad ya milenaria, compensando lo que resultó de la ingobernabilidad de un territorio que pese a todo, aún retiene tradición y afectos. Ojalá persista la intención…

La sostenibilidad planetaria no se alcanzará sembrando comida orgánica en los techos de las casas o andando en bicicleta: hemos llegado demasiado lejos en la transformación de todos los ambientes, como lo demuestran las evidencias del proyecto “Límites planetarios”, del mismo centro de investigación, para pretender que la suma de pequeñas acciones locales garantizará un espacio seguro de bienestar para toda la humanidad. Ello no quiere decir que no debamos luchar por la calidad de la comida, del aire o del agua, o por la integridad ecológica del territorio, por supuesto; necesitamos obtener tiempo y resignificar la cotidianidad de todos en un planeta compartido, pero las grandes injusticias sociales solo se podrán abordar con grandes intervenciones del sistema financiero internacional: la adaptación al cambio climático y los modos de vida sostenibles de la segunda mitad del siglo XXI requerirán todo el capital acumulado de la humanidad, incluido el de los paraísos fiscales.

Las inversiones más críticas de la próxima generación no pueden ser hechas solo con la promesa de retornos financieros especulativos: ya estamos seguros de que no habrá planeta para nadie en el siglo XXII si no empezamos a descontar de otra manera. Economías ecológicas coordinadas, al menos para empezar.