Analistas

La interfaz ciencia-política

Una de las situaciones que está generando más tensión en el mundo es la relación entre la comunidad científica y los tomadores de decisiones públicos, por razones que vale la pena analizar, ya que de la forma en que sea abordada dependerá en gran medida la posibilidad de actuar consensuadamente en muchos de los espinosos temas que la crisis ambiental nos trae.
 
Las lecciones históricas detrás de esta “interfaz” incluyen asuntos bien estudiados como el papel que jugó la Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, financiada por la corona española, con el proceso de independencia de la misma; o el desarrollo del famoso proyecto Manhattan, en los Estados Unidos, durante la guerra. Lo usual es que las relaciones de confianza entre el poder político y la investigación pasen por fases alternativas de amor y odio, en una dinámica que está fuertemente marcada por intereses y aspectos ético-ideológicos que unos tienden a reconocer más que otros. La supervivencia de los científicos durante las revoluciones lo deja en evidencia…
 
Parte de las tensiones naturales entre ambas comunidades radica en la percepción del tiempo y la cantidad de información necesaria para intervenir la realidad: mientras para el funcionario público el impacto de sus decisiones es directamente proporcional al periodo del cargo y la estabilidad política del sistema, para el científico lo es de acuerdo con el avance y cierre discursivo de sus hipótesis de trabajo. Media un abismo de riesgo entre ambas, aún cuando es mucho más determinante el rango de acción de la política que el de la ciencia: es indispensable tomar decisiones, y el instinto es clave para ello. Pero la autoridad aparentemente racional de la segunda siempre lo cuestiona.
 
En Colombia, una nación fundamentalmente retórica, la ciencia, pobremente financiada, cae fácilmente en debates nominalistas e inanes, y, pese a los mensajes de la importancia de invertir en conocimiento e innovación, ve cómo la desconfianza de los líderes políticos inhibe su capacidad de desarrollo. El eventual despilfarro de las regalías mostrará si fuimos capaces de romper el círculo vicioso que crea esta simbiosis negativa: mala ciencia para no afectar la distribución del poder, en lugar de un mejor ejercicio del poder gracias a buena ciencia: un tema de sostenibilidad evidente.
 
Son muchas las fuerzas que intervienen en este proceso de construir confianza entre ambos actores: los medios de comunicación proyectan una imagen de la investigación positiva, pero muy incompleta y a menudo sacralizante, lo que inhibe los debates de fondo y la construcción de criterios sociales maduros que promuevan y dirijan la investigación. Al final, esto plaga con héroes, eminencias y egos el campo de la academia. Los resultados de investigación son tratados como “chivas”, y es imposible mantener el espíritu del conocimiento como un proceso siempre incompleto, siempre con incertidumbres: la sociedad no quiere más dudas, demanda certezas e incita con sus aplausos a hacernos los de la vista gorda con los detalles incómodos. 
 
Por todo ello, vale la pena reseñar el surgimiento de una nueva clase de instituciones que buscan mediar y facilitar la relación entre tomadores de decisión y la comunidad cientifica, incluyendo incluso otros actores que detentan y producen conocimiento en otros formatos, a veces incómodos para la academia clásica. A estas instituciones “de frontera”, les corresponde responder a un gran reto global: movilizar e integrar información producida en muchos contextos y formatos, para facilitar la construcción de escenarios y una toma de decisiones más robustas. Esta movilización, que implica pasar de la acumulación de cientos de  millones de datos hiperespecializados en todos los campos, lenguajes, escalas de tiempo y espacio, a un formato inteligible, requiere también nuevos marcos epistemológicos y capacidades de acción que ya estamos debatiendo, y a la cual habrá que dedicar recursos y esfuerzos, con el fin de construir una nueva universalidad heterodoxa.
 
Las plataformas intergubernamentales para cambio climático (IPCC) o biodiversidad y servicios ecosistémicos (IPBES) son buenos ejemplos de estos esfuerzos para construir híbridos científico-políticos. Pero vuelan ladrillos en su interior: no es fácil el diálogo entre estados y escuelas de pensamiento…