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Gobernar chigüiros

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Si “La República” adoptara los mismos criterios de exactitud y precisión que se han aplicado estos días al análisis de la situación ecológica del Casanare, indudablemente dejaría de ser el diario económico más importante del país y desaparecería en pocas ediciones… Porque pareciera que la sociedad colombiana prefiriera manejar el tema ambiental “a ojo” y a quien pida serenidad y datos, se le aplica la acostumbrada violencia verbal de los foros públicos. En el caso de la mortalidad en algunas poblaciones de chigüiros del municipio de Paz de Ariporo ya hay iniciativas de “revocatoria científica”. ¿El fantasma de Lisenko?

Es indudable que en la vasta región del llano que corresponde a los departamentos de Boyacá, Casanare y Arauca, que nada tiene que ver con la altillanura de otros debates, se ha venido desmontando de manera sistemática la infraestructura ecológica de soporte. La deforestación en el piedemonte ha sido feroz y totalmente irresponsable y como bien mencionó un diputado de la región, aún se movilizan camiones enteros de maderas finas del Parque del Cocuy hacia el centro del país. La transformación de los paisajes propios de las sabanas inundables, ecosistema que conocen mucho mejor los venezolanos que nosotros, así como de los modos de vida llaneros, ha sido drástica y lamentable en las últimas dos décadas, lejos, muy lejos de la idea de sostenibilidad. 

También es indudable que el crecimiento generalizado y desordenado de la actividad petrolera, arrocera y palmera, las fuerzas más vistosas, ha generado una gran competencia por agua entre ellas y con los usos tradicionales, conflicto que cobró la vida del director de Corporinoquia, Carlos Hernando Vargas, hace más de 15 años y que hoy tiene en vilo, cuando menos, la cabeza de su actual directora, quien con justicia reclama que su gestión no sea evaluada “a ojo”.

Es inocultable que cientos de miles de personas han llegado a las ciudades periféricas de una región (poquísima gente vive “llano adentro”), donde prácticamente no existe ningún programa académico que busque entenderla: Unitrópico en Yopal fue saboteada explícitamente por las gobernaciones que hoy responden desde la cárcel por otros delitos, y Unillano apenas lanzó sus programas de biología, gestión ambiental y sistemas sostenibles de producción agropecuaria. Mientras tanto, los viejos ganaderos que han manejado sus hatos por décadas en una vida entrañablemente asociada con la fauna silvestre, cazando y cosechando sosteniblemente las manadas de chigüiros (recordar que son roedores, que nunca han estado en vías de extinción), son apilados y juzgados  “a ojo” con otras ganaderías devastadoras que sí son responsables de desecación aguas arriba. Tienen razón en estar indignados, si además de no poder usar sus recursos (ICA no da licencia sanitaria a la carne de chigüiro) notan que mientras todo el mundo busca comprar un carrotanque para hacer su vida, el agua que les falta para tomar y para su sistema productivo se usa para regar las vías polvorientas de la región.

Y es indudable que el cambio climático, un fenómeno global, afectará duramente una región que está en alerta roja por su natural tendencia a los extremos pluviales: sabanas hiperestacionales, las llamó Guillermo Sarmiento (PhD, U Mérida) hace décadas, donde dunas congeladas que indudablemente se reactivarán en el oriente casanareño nos recuerdan que tendremos desierto.

Pero ninguno de estos fenómenos se puede medir o gobernar “a ojo”. Más frustrada debe sentirse la Academia Colombiana de Ciencias Físcas, Exactas y Naturales cuando confirme que el rigor y la búsqueda de conocimiento más objetivo “no pega” y a partir de una imagen de chigüiros muertos en una pequeña localidad se gesta una revolución, en donde por partes iguales ciudadanos sensibles se aterran, periodistas amplifican, y políticos hábiles pescan, en un caso que probablemente nada tiene que ver con las situaciones descritas en los párrafos anteriores. “A ojo” se ha extrapolado por todas partes, “a ojo” se han provisto cifras de todo tipo y con ellas abierto juicios de responsabilidad, y “a ojo” se ha convertido un proceso ecológico milenario en una señal del apocalípsis. Lamentable, porque cuando comiencen a aparecer de verdad estas señales, creeremos estar listos…

Comparto el afecto y la preocupación de todos por el Casanare y el llano, que he andado, no tanto como Alfredo Molano, gran maestro; y no dudo que el petróleo, la agroindustria, y los nuevos llaneros, al tiempo que han contribuido con la economía regional y nacional (y eso que las regalías las han embolatado), vienen causando, en una acción sinérgica derivada de la escasa planificación, un gran desastre ambiental regional. Pero no hay que confundir peras con manzanas, o mejor, chigüiros con ovejas, porque gobernar ecosistemas requiere más ecología que pasión.

Con todo, la crisis ha abierto un capítulo nuevo en la historia de Colombia: ahora estamos seguros de que, además y para siempre, hay que gobernar chigüiros.

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