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Elecciones sin ambiente

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Como soy funcionaria pública, debo abstenerme de participar activamente en los procesos electorales, a los cuales, por otra parte, no soy muy afecta, tal vez porque creo que estamos muy lejos de tener un sistema político capaz de representar mínimamente los intereses de las mayorías. Uno de los reclamos a los que continuamente estoy expuesta en mi trabajo, es a la falta de interés de las autoridades por los temas ambientales, pese a que cada vez más son los que definen las posibilidades de bienestar colectivo de los colombianos.

Sin hacer referencia a ninguno de los proyectos políticos que se disputaron ayer la representación en Cámara y Senado, lo cierto es que la preocupación por el cambio climático, el manejo de los ecosistemas y sus servicios derivados, de los que dependen la calidad de nuestra alimentación y salud, de nuestra identidad nacional y construcción cultural autónoma, no es evidente para nada. Se entiende que las preocupaciones de nuestros legisladores sean los próximos cuatro años, aun cuando la mayoría lleva mucho más representando, bien o mal, a sus electores y seguramente esperan continuar hacia adelante, lo que hace un poco incomprensible su falta de sensibilidad ante la crisis ambiental que por todas partes se manifiesta amenazando la continuidad de sus mismos intereses. Tal vez algunos piensen que el régimen de privilegios que encierra su labor los protegerá de la destrucción de la economía o de los levantamientos sociales que se avecinan con motivo de la superación de los límites de seguridad ecológica planetaria: la rendición de cuentas a la que debemos atenernos no es sólo la de la Procuraduría o la Contraloría, es ante el cambio global que estamos enfrentando a nuestros hijos y nietos, ya nacidos.

Para quienes creen que el corto plazo es lo más urgente, cito un breve aparte del reportaje que The Guardian hizo con el reconocido geoquímico James Lovelock (que no tiene nada que ver con ideas religiosas ni místicas, sino con estudios de la evolución de la atmósfera terrestre, autor de la teoría de Gaia) y que publicó la revista Semana. Señaló el científico nonagenario que “en 20 años el calentamiento global empezará a crear caos en el mundo… que la mayoría de cosas que la gente hace hoy para mitigar el daño de las emisiones de CO2 son fútiles y solo sirven para limpiar la consciencia… Dichas medidas llegan demasiado tarde para corregir el rumbo de la catástrofe… De nada sirve limitar los viajes aéreos y… Reciclar es una pérdida de tiempo. Dar dinero para plantar nuevos árboles es agravar la situación y la energía eólica es apenas un paño de agua tibia”. 

“Disfruten la vida mientras puedan”, concluye el sabio, más allá del bien y del mal. Claro, esto parecería más bien una ratificación de la inutilidad de pensar en las nuevas generaciones y más bien seguir como vamos, corruptos o no… Pero lo cierto es que la construcción de capacidades adaptativas e innovación (radical) en los modos de vida, la única opción de que los niños y niñas que nacen hoy y apenas estarán votando en 20 años, tengan vida y bienestar, si está en manos de quienes ayer fueron elegidos y aspiran a que Colombia exista, para expoliarla o defenderla en ese futuro incierto que ya se está desplegando.

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