El docudrama de Netflix suscita una indispensable revisión del comportamiento y uso de las redes sociales, una herramienta con el poder de la energía atómica en términos comunicacionales y que por tanto engolosina, seduce, atrapa o condena como cualquier sistema donde la complejidad y multiplicidad de interacciones genera atractores polares de manera espontánea. Es imposible ignorar la naturaleza que emerge de los procesos de innovación lingüística provenientes de la hiperconectividad y que inciden en lo más profundo de lo humano.

Ya hemos vivido el despliegue de situaciones similares en la historia: la domesticación de plantas y animales fragmentó y reorganizó las comunidades biológicas y catapultó a centenares de tribus al estatus de potencias agropecuarias en pocos siglos, implicando un rediseño ecosistémico con el que aún estamos lidiando: nos trajo a un planeta asimétricamente deforestado y contaminado, si bien capaz de sostener miles de millones de seres humanos, pero que sin una reingeniería ecosistémica con perspectiva regenerativa acabará por derrumbar los sistemas vivientes que lo hacen funcionar: la expansión de los cultivos de soja en Brasil y de ciertas ganaderías en Colombia a costa de las selvas hace rato se convirtió en un acto criminal, no un simple disenso de criterios productivos.

Otras redes que se han configurado a partir de deconstruir sistemas y liberar sus componentes para permitir la aparición de nuevas entidades son las del género y la sexualidad, y las del misticismo. Se trata de fenómenos que, también a raíz del crecimiento poblacional y las migraciones, acaban por romper los vínculos convencionales entre sus componentes, permitiendo reorganizaciones fundadas en sus cualidades ecológicas, es decir relacionales.

La liberación definitiva del erotismo y la aparición de iglesias de garaje por doquier son expresiones de los dilemas de otras redes, que a su vez interactúan entre si para reforzarse/cuestionarse: la internet hace reverberar los experimentos del cuerpo y las visiones de trascendencia de las personas por estrambóticas que parezcan, dando lugar a comunidades inimaginables: el presente que creemos futuro.

El planeta experimenta un caos creativo que entendemos mal por nuestro sesgo situacional y las limitaciones de escala propias de una anatomía y fisiología con las que lidiamos hace mucho y que no corresponden ya con los poderes desarrollados para interpretarlas, un desajuste simbólico que alimenta las incertidumbres, pero a su vez es fuente de toda esperanza.

La participación de las personas, con sus múltiples identidades en evolución, o de las empresas y entidades, también multifacéticas, hace aparecer nuevas complejidades que requieren nuevas capacidades: si las elecciones para presidentes se pueden ver afectadas, hay que repensar tanto la lógica con las que se estructuran los cargos como los procesos que ahora inciden en ellos.

Puede que no sea más que una iteración de la historia, pero parece más la intervención del dios Pan la que nos obliga, de nuevo, a repensar el orden. Cabría preguntarse si nos estamos educando apropiadamente para entender estas nuevas perturbaciones globales, solo en apariencia menos dramáticas que la covid. Algo que nadie resolverá desde su ego de 280 caracteres ni en la avalancha de “webinars”, pero que puede generar nuevas cátedras del pensamiento y la comunicación.