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Conocimiento suficiente

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Culminó en Cartagena el viernes pasado el IV Congreso Colombiano de Zoología, donde más de 3.000 personas presentaron y debatieron los avances en el conocimiento de nuestra fauna silvestre, ejercicio que se viene haciendo regularmente cada cuatro años gracias a la Asociación Colombiana de Zoología. Se alterna este evento con los congresos de botánica, que usualmente reúnen un número similar de expertos, estudiantes (que con alegría siempre predominan), profesores y consultores interesados en la megabiodiversidad colombiana. Continúa así la tarea iniciada por la ciencia occidental en América durante las expediciones de Mutis, Humboldt, Codazzi y  muchos otros, y a la que hoy se suman las ciencias indígenas o sistemas de conocimiento local y empírico, poco visibles, pero fundamentales para abordar la complejidad de los sistemas socioecológicos ecuatoriales.

A raíz del crecimiento, revisión, ajuste y acumulación de conocimiento básico que se evidencia en los eventos, la literatura y los medios, cada cierto tiempo resurge el debate de la pertinencia y suficiencia de la investigación para tomar decisiones bien sea de preservación de la biodiversidad y los ecosistemas, bien para su transformación con diferentes propósitos (agricultura, infraestructura vial, minería e hidroenergía, urbanismo, etc). El profesor Orlando Rangel, del Instituto de Ciencias de la Universidad Nacional, sostiene que Colombia cuenta con conocimiento suficiente y adecuado para guiar la mayoría de las grandes preguntas que afronta el país en relación con el manejo de su biodiversidad, y no le falta razón: su propio trabajo de décadas (www.colombiadiversidadbiotica.com), así como el de sus colegas, de los institutos de investigación públicos y privados, y de las grandes organizaciones no gubernamentales que hace años desarrollan sus proyectos ambientales en Colombia (WWF, TNC, CI, WCS, Birdlife, Uicn, entre otras), configuran un panorama de datos y una visión ecológica de país cada vez más rica, pertinente y reconocida nacional e internacionalmente. 

A pesar de todo este bagaje, lo cierto es que las ciencias no operan de manera monolítica, y sus resultados e interpretaciones de la realidad están adscritas a complejos teóricos, epistemologías en conflicto y restricciones de validez de todo tipo que siempre deben ser reconocidas ex – ante, es decir, como limitaciones de los modelos de pensamiento con que se adquiere y procesa la información de la cual se extraen conclusiones y recomendaciones de acción. Ninguna ciencia se libera de ello, puesto que la verdad es contingente y si bien la Ley de la Gravedad ya no se pone en duda ni es sujeto de interpretación política, estamos lejos de entender su comportamiento universal. Muchos menos certeza tenemos, por supuesto, en temas del comportamiento de los individuos o grupos sociales, sujetos a la inestabilidad de su naturaleza compleja: la psicohistoria de Hari Seldon es apenas una ciencia…ficción, sugerida por Isaac Asimov en sus novelas de los años 60.

En Colombia, el conocimiento de la biodiversidad sigue disperso en decenas de mentes y trabajos que requieren foros y debates arbitrados, una disciplina indispensable que lleva al rigor de las academias, que de todas maneras, están conformadas por personas, a cuya sabiduría apelamos, más que a su conocimiento. Poco las consultan los políticos, lamentablemente, y poco confían los académicos en los políticos, siempre dispuestos a tomar decisiones instintivas y temerarias, aunque a menudo, más apropiadas a las urgencias y a los contextos de complejidad en que se vive. Esta relación, a su vez, determina enlaces ocasionales entre escuelas de pensamiento, expertos y líderes de opinión, quienes compiten bajo la forma de proyectos científico/políticos para convencer al público y ganar su apoyo electoral, al menos en sistemas democráticos. En los extremos, por supuesto, los líderes prefieren suprimir la ciencia. O acallar algunos científicos.

Es natural, por tanto, que exista conocimiento parcial y redundante, contradictorio y sinérgico, cuya síntesis será siempre difícil o imposible; para eso existen las escuelas, los programas, las academias, los grupos de investigación y la libertad de pensamiento. La noción de conocimiento suficiente, por tanto, está atada a esas limitaciones, a la circulación abierta del saber y a las consideraciones de la sociedad en pleno (en la cual los científicos son minoría), a quien corresponde en últimas definir el nivel de riesgo que quiere asumir al adscribir sus decisiones a algún modelo de conocimiento disponible.

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