El debate presidencial de la semana pasada en Estados Unidos entre el presidente Trump y el vicepresidente Biden, ha sido fuertemente criticado por analistas y cibernautas en todas partes del planeta. No solo por los insultos que utilizaron ambos candidatos, sino por la falta de argumentos para defender sus respectivas posiciones.

El veredicto de mayoría de encuestas proyecta a Biden como seguro ganador. Lo que muchos no entienden es que las elecciones presidenciales en Estados Unidos no dependen del voto popular sino del colegio electoral, por lo que la batalla se gana en los ‘swing states’ o estados en contienda.

Analizando el debate, muchos pensaron que Trump tuvo una mala noche. Se vio irascible y sus constantes interrupciones no permitieron que el electorado viera los defectos de su contrincante. Esa era su estrategia. Su plan maestro consistía en encender la pasión de su base electoral y lograr que Biden negara públicamente su respaldo a las tres políticas más representativas de la base de extrema izquierda: Logró que Biden dijera NO estar de acuerdo con 1) desfinanciar la policía; 2) convertir la salud en sistema público o estatal; y 3) apoyar el ‘Green New Deal’, el plan ambiental que busca poner fin a la explotación de energías fósiles.

Para Biden no solo es crucial el voto latino y el voto negro, sino el respaldo de las huestes de izquierda que representan Sanders y Ocasio-Cortez. Al igual que su antítesis de derecha en 2008 y 2012, ellos pueden preferir sacrificar al candidato de turno para apostarle a lograr un verdadero gobierno de izquierda en 2024.

Trump, por su parte, con su habitual estilo de ‘bully’ o matón de esquina -poniendo apodos y cuestionando al establecimiento de Washington- pretende repetir la fórmula que lo llevó a la Presidencia hace cuatro años. De la misma manera que logró vencer en 2016 a la plana mayor del partido republicano, a los Clinton y al gobierno Obama, busca conseguir nuevamente lo que dos tipos sensatos y de centro-derecha como McCain y Romney nunca pudieron: despertar a las bases.

Se dice que la política es un juego de sensaciones. Mientras Biden a duras penas parece estar despierto, Trump genera todo tipo de pasiones en ambos lados del espectro político. Los que lo odian, están dispuestos al “todo vale” por sacarlo. Le han montado investigaciones, tratado de destituirlo y hoy, rezan para que el covid les haga el milagrito. Los que lo defendemos, justificamos su estilo en defensa de las políticas que representa.

Su discurso de impuestos bajos, reactivar la economía, proteger las fronteras y defender las industrias de Estados Unidos, busca que la clase trabajadora y la gente en los suburbios, le importe más su bolsillo que elegir a ‘un buen tipo’.

Con su lema de ley y orden, pretende morder un pequeño porcentaje del voto latino y del voto negro, para así cruzar la meta primero. Puede perder el voto popular y aun así seguir en la Casa Blanca, sumando pequeñas victorias en distritos rurales claves en los estados más volubles.

Faltan menos de cuatro semanas para la votación y como en los partidos de basquetbol, el último minuto parece toda una eternidad. El triunfo -en últimas- dependerá de qué tiene más fuerza, sí el odio hacia Trump o la sagacidad en el ajedrez electoral.