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La dictadura de las minorías

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Andrés Otero Leongómez Consultor en Investigaciones e Inteligencia Corporativa

Viendo los actos de vandalismo-terrorismo de los últimos días en ciudades como Santiago, Quito, Culiacán, Barcelona y Bogotá, aplica la frase famosa de Martin Luther King, parafraseada así: “más que los actos de la gente mala, me preocupa la ingenuidad de la gente buena”.

El gran triunfo de la izquierda mundial en las últimas décadas ha sido conseguir lo que el comunismo no logró en cien años: vender la idea de que puede existir un mejor modelo de desarrollo económico, sin ofrecer muestra alguna de realidad. Basta con salir por las calles de cualquier ciudad en la región -llenas de desplazados venezolanos mendigando en las calles- para una demostración palpable del fracaso de su proyecto político.

A pesar de su pésimo record, han logrado cautivar a un número importante de intelectuales, académicos, docentes, magistrados, jueces, juventudes, ONG’s, defensores de derechos humanos, organismos multilaterales, políticos de centro y un sinnúmero de adeptos que -de manera ingenua- apoyan y justifican las vías de hecho con el argumento que hay que defender el derecho a protestar.

Seamos claros.

La destrucción y amenaza que estamos viviendo no es un tema de reivindicación social. Es un golpe de Estado a las democracias, fraguado astutamente desde el Foro de Sao Paulo e impulsado por las dictaduras de La Habana, Caracas, Managua y La Paz, con patrocinio en otras latitudes. Lo sorprendente es que gente educada en las mejores escuelas del mundo sea la primera en comprar el discurso y convertirse en cajas de resonancia. Serían ellos las primeras víctimas de un régimen totalitario de izquierda.

El único objetivo es atacar, criticar y hacer oposición a todo lo que genere riqueza, sin siquiera saber sumar y restar. Atacan a Estados Unidos, al capitalismo, la minería, el petróleo, la agroindustria, el transporte, la banca, las farmacéuticas, la tecnología, la infraestructura, la ganadería, la pesca, y todo aquello que genere riqueza, valor, empleo, impuestos y ayude a contribuir al crecimiento del PIB de un país.

De manera populista ofrecen todo gratis -salud, educación, servicios públicos- sin entender que las cosas cuestan.

No les basta con el derecho a la diversidad, sino buscan imponer la dictadura de las minorías. Crean campañas diarias en redes sociales y medios de comunicación con todo tipo de falacias apocalípticas y estadísticas amañadas -supuestamente en defensa de los demás- pero no son consecuentes en su estilo de vida.

Les da urticaria y envidia el éxito empresarial. Despotrican del establecimiento y las instituciones, y de cualquiera que piense distinto, sin reconocer que pueden opinar y protestar gracias a ellos. Se quejan de los grupos de ideología extrema, pero son los más extremistas al momento de actuar.

Si en verdad quieren una sociedad más tolerante e incluyente, podrían sumarse a perfeccionar la democracia con todas sus falencias, fortalecer las economías de mercado, fomentar la innovación, la creatividad y el emprendimiento, a crear una cultura de trabajo, esfuerzo y dedicación. Podrían aceptar las diferencias de pensamiento, contribuir a la sociedad desde sus respectivas orillas y hacer oposición sin tanto moralismo. A construir en vez de destruir.

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