ANALISTAS

Carga de la prueba
jueves, 10 de octubre de 2019

Más columnas de este autor Andrés Otero Leongómez

Si la Corte Suprema tuvo la convicción de llamar al expresidente Álvaro Uribe a indagatoria como si fuese un delincuente, espero tenga las pruebas para acusarlo y condenarlo por los delitos que se le endilgan, sin dejar duda razonable alguna.

La izquierda internacional y sus cajas de resonancia -incluyendo varios periodistas obsesionados con él- consideran que el expresidente ha sido el mayor violador de derechos humanos de la historia reciente del país. Padre del paramilitarismo; autor intelectual de los falsos positivos; provocador de bombardeos en la frontera para suscitar guerras; magnicida de líderes sociales y sindicalistas; censurador de prensa y silenciador de la libertad de opinión; ‘chuzador’ de sus oponentes políticos; manipulador de testigos; socio de narcos; y responsable de todos los males.

Si lo anterior es verdad, el acerbo probatorio que debe reposar en la Corte debe ser interminable y contundente, y las filtraciones son solo la punta del iceberg.

Conversaciones y grabaciones; transacciones y cheques; contribuciones a sus campañas; cuentas en paraísos fiscales; minutas de sociedades y escrituras públicas; informes de agencias de inteligencia internacionales; fotografías satelitales; miles de horas de testimonios de presos y testigos en cortes americanas; relatos de familiares de víctimas o informantes en las zonas; correos electrónicos, mensajes de Whatsapp y un sinnúmero de datos electrónicos del dark-web o deep-web; manifiestos de importación de armamento y uniformes; etc.

En fin, la lista de pruebas debe ser extensa, producto de más de 30 años de investigaciones en su contra. Pero si lo único que hay son lo señalamientos de los Cepedas y Robledos, las miles de columnas del Cartel de la Pluma, y el testimonio de algunos falsos testigos, mercachifles o paramilitares convertidos a santos, -apague y vámonos.

No creo que Uribe sea el Mesías o la Madre Teresa de Calcuta y que todo en país tenga que girar alrededor suyo. Fue un gran líder, que le tocó gobernar a Colombia en uno de los momentos más difíciles de nuestra historia y tomar las decisiones que nadie más se atrevía a tomar.

Para los que sufren de amnesia selectiva, cuando recibió el poder se registraban más de 3.300 secuestros al año, pescas milagrosas, ataques y tomas a poblaciones. Medellín era la capital mundial del crimen. El narcotráfico había mutado y se camuflaba de guerrilla o paramilitarismo, viviendo una guerra sin cuartel por el control del negocio. Salíamos de la mayor crisis financiera, y aún quedaba el tufillo de ‘Estado fallido’ de mediados de los noventas.

Como buen líder en guerra, le tocó decidir entre la mala y la peor. Ya se había demostrado que con estos grupos no valía ningún gesto de paz ni constituyentes o zonas desmilitarizadas. Mantuvo las políticas de fortalecimiento institucional que venían del gobierno Pastrana y con trabajo, determinación y perseverancia, logró devolver a Colombia por el camino de la esperanza y el crecimiento económico.

No se cuál vaya a ser o haya sido el resultado de su indagatoria. Pero por el bien del país, espero que no sea la victoria que tanto llevan fraguando la guerrilla y la izquierda en Colombia. Ojalá la Corte nos devuelva la credibilidad en la Justicia y las Instituciones.