Tirar la primera piedra

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Comprender que vivimos una época de cambio permanente es indispensable para poder subsistir y reinventarnos. Si hay una cualidad imperante en los líderes empresariales y profesionales de hoy, es su responsabilidad social y adaptación al cambio. Vivimos en un entorno cada vez más exigente y difícil de entender. Los paradigmas han cambiado. Las normas de gobierno corporativo se hacen más complejas.

Crear empresa, crecer, competir, generar utilidades y crear un impacto positivo en la sociedad se ha convertido en un reto titánico. Los constantes cambios en las reglas del juego; la regulación que limita la libre competencia; reformas tributarias alcabaleras; organismos de control con mayor protagonismo; responsabilidad penal de miembros de junta sobre decisiones que ellos no controlan; guerras comerciales internacionales y amenazas geopolíticas, y el escrutinio permanente de grupos de interés, hace cada vez más difícil tomar decisiones y atraer talento.

A ello se suma la estigmatización de la riqueza y el concepto generalizado, que ser grupo empresarial es sinónimo de corrupción, abuso y explotación del empleado.

Viene prosperado la tesis que el conflicto armado no es responsabilidad de los grupos al margen de la ley, sino principalmente de la clase dirigente del país, incluyendo los empresarios. Las empresas pasaron de ser víctimas de secuestro y extorsión, a ser señalados como grandes financiadoras y responsables de la guerra, del asesinato de sindicalistas y líderes sociales, y de muchos otros delitos que afectan nuestra sociedad. En cuanto al daño ambiental, se exime de culpa a quienes vuelan oleoductos, practican minería ilegal o tala de bosques para narcocultivos, pero se aplica otro rasero cuando se trata de petroleras y mineras, empresas de generación eléctrica y agroindustria. En materia de corrupción, le creemos más a los políticos corruptos y a los delincuentes de cuello blanco que se cobijan del principio de oportunidad, que a los empresarios que llevan décadas generando valor.

Proliferan actores en redes sociales que se hacen pasar por líderes de opinión o medios de información, pero que actúan con total amarillismo. Atacan la reputación de sus detractores en redes sociales, generan noticias falsas, e invierten la carga de le prueba. Para ellos el empresario es culpable hasta que demuestre lo contrario. No ha salido la empresa de la crisis cuando ya esta condenada ante la opinión pública.

Los ‘Socialistas del Milenio’ como los denomina ‘The Economist’, pasan por alto el valor que generan las empresas a nuestra sociedad. Cuántos empleos crean; cuántas familias o familiares viven de sus trabajos; cuántos impuestos pagan; qué beneficios sociales representan para los menos favorecidos; cuánto aportan al presupuesto de educación y salud. Mucho menos, valoran el impacto que sus productos o servicios tienen en nuestra vida diaria.

El problema de la sociedad de hoy es que mucha gente sabe criticar, pero poca se atreve a sembrar. La crítica permanente y el negativismo constante pueden conducir al país por el sendero del país vecino. La destrucción del aparato productivo, la anarquía, la miseria y minar la confianza inversionista es la manera de justificar su proyecto político sin importar sus consecuencias.

No digo que los culpables de corrupción y otros delitos no deban responder, pero deben hacerlo ante las instancias correspondientes. Tenemos que defender y respetar la institucionalidad, y no sucumbir a la lapidación de turbas enardecidas, mal informadas, políticamente manipuladas, y cargadas de resentimiento y venganza bajo la careta de justicia social.

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