Analistas 07/11/2020

Entre la crisis y la oportunidad

El Gobierno de Colombia afronta una crisis causada por la afluencia masiva de venezolanos. Según datos de Migración-Colombia, desde 2014, más de 1,7 millones de personas, sin contar los colombianos retornados, han huido de Venezuela hacia nuestro país. Muchos llegaron para quedarse. Colombia es el final del viaje.

Pero más de la mitad se encuentran en situación irregular. Como resultado, las comunidades receptoras enfrentan desafíos sin precedentes en la integración de estos migrantes y repatriados. Por otra parte, los sistemas gubernamentales relacionados con los servicios de salud, justicia y educación se están sobrecargando. Si no se aborda, esta crisis migratoria tiene el potencial de socavar el desarrollo de Colombia.

Sin embargo, el migrante venezolano promedio es joven y a menudo cuenta con altos niveles de educación. También aportan habilidades y profesiones que pueden beneficiar a la sociedad colombiana.

Si estos atributos se movilizan adecuadamente, la migración venezolana tiene el potencial de catalizar el desarrollo local y convertirse en una gran oportunidad. Por una parte, se produce un aumento de la oferta en el mercado laboral informal; pero, por otra, también crece la demanda del consumo de bienes y servicios. Dependiendo de cómo se comporte ese nuevo consumo, se puede atenuar el impacto de la bajada en los salarios.

Es cierto que lo ideal sería evitar las migraciones. Para ello, el camino es generar en Venezuela la posibilidad efectiva de vivir y de crecer con dignidad, de manera que se puedan encontrar allí mismo las condiciones para el propio desarrollo. Pero mientras no haya serios avances en esta línea, nos corresponde respetar el derecho de todo ser humano de encontrar un lugar donde pueda satisfacer no solamente sus necesidades básicas y las de su familia, sino también prosperar como persona.

Esto implica en este momento, algunas respuestas indispensables. Por ejemplo: incrementar y simplificar la concesión de visados, ofrecer un alojamiento adecuado y digno, garantizar la seguridad personal y el acceso a los servicios básicos, asegurar una adecuada asistencia consular, analizar la posibilidad de abrir cuentas bancarias y la garantía de lo básico para la subsistencia vital, darles libertad de movimiento y la oportunidad de trabajar, proteger a los menores de edad y asegurarles el acceso regular a la educación, promover su inserción social, favorecer la reagrupación familiar y preparar a las comunidades locales para esa integración.

No podemos ignorar el riesgo de terminar siendo víctimas de un anquilosamiento social y cultural. Por eso tenemos que descubrir las riquezas de cada uno, de valorar lo que nos une y ver las diferencias como oportunidades de crecimiento. Se necesita un diálogo paciente y confiado, para que se puedan transmitir los valores de la propia cultura y acoger lo que hay de bueno en la experiencia de los demás.

La llegada de personas diferentes, que proceden de un contexto vital y cultural distinto, se convierte en una oportunidad de enriquecimiento y de desarrollo humano integral para todos. El Imperio Romano, el Imperio Británico, Estados Unidos y otros tantos ejemplos nos muestran cómo las migraciones han determinado la cultura de la sociedad. Los inmigrantes, cuando se les ayuda a integrarse, son una ocasión para crecer como país.