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Un pueblo en marcha

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Aldo Civico Antropólogo y estratega de liderazgo

No se puede ignorar fácilmente la multitud pacífica que inundó las calles de todo el país el pasado jueves. Vive en un estado de negación quien se hace el de la vista gorda frente a las quejas de los ciudadanos en protesta. He seguido las marchas desde la lejanía, desde Miami precisamente, a través de las redes sociales. Me llamó la atención ver a la gente con sus brazos levantados hacia el cielo como estatuas, mostrándole al mundo sus pancartas, las que parecían una extensión de su humanidad. En particular me impresionó la mirada triste e inocua, que trasmitía desilusión más que rabia, de un joven que entre sus manos tenía un póster que decía, “Por ti madre que falleciste esperando tu quimioterapia”. ¿Hay palabras más eficaces y dramáticas para expresar la motivación más profunda y autentica del malestar que la marcha expresó?

Se trata en realidad de un malestar global, que une en un solo abrazo a Hong Kong, Chile, Colombia, Bolivia y Estados Unidos. Obvio, Hong Kong no es Bogotá, y La Paz no es Santiago de Chile o Washington DC. Pero seguramente hay elementos que unen a estas multitudes; un deseo de resistir a la política, la que, por ejemplo, deshumaniza transformando en bienes de mercado, como la salud y la educación, lo que deberían ser derechos fundamentales; la política partidista, que favorece a los amigos de los amigos, y beneficia a los interés particulares más que al bien común.

La marcha fue un rechazo de la racionalidad política convencional, de sus prácticas y discursos. En este sentido, la multitud que salió a la calle fue un manifestación adicional del voto que en algunas de las principales ciudades de Colombia eligió a alcaldes que representan una discontinuidad política.

En estos días, circula en las redes sociales un análisis del sociólogo español Manuel Castells, donde, frente a la ola de protestas que hay en el planeta, advierte que “o la especie humana se mentaliza de alguna manera, no solamente con respeto al clima, sino con respeto a las instituciones, con respeto a las aspiraciones de todos los jóvenes del mundo, o nos actualizamos o nos desaparecemos. A corto plazo institucionalmente, y a muy medio plazo, 50 a 100 años, como especie”. Como lo dice el sociólogo, estas multitudes en marcha lo que buscan son nuevas formas culturales capaces de devolver la confianza en la política y en la democracia representativa. Es el gran desafío que enfrentamos todos hoy como sociedad política.

Por eso, la política, y precisamente, los políticos, tienen que despertarse del narcisismo que los lleva a hablar solamente de sí mismos y entre sí, empleando un lenguaje críptico y ambiguo que los aleja cada vez más de la vida real de los ciudadanos. La política hoy necesita volver a conectarse con la vida real. Si son sabios e iluminados, los políticos deberían considerar la marcha como un momento de enseñanza y escuchar al malestar generalizado, ofreciendo respuestas viables y concretas, y canalizando las energías hacia un proyecto político incluyente. O sea, la política tiene que volver a su origen y ser verdaderamente pública.

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