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¿Qué pasa con Brasil?

El viernes por la mañana el Ibge, la oficina nacional de estadísticas de Brasil, anunció que la economía se había contraído un 0,87% entre el primer y el segundo trimestre de 2014 (en términos desestacionalizados). La noticia sorprendió al mercado, no por el hecho de que el crecimiento hubiera sido negativo, lo cual era esperado, sino por el hecho de que la caída fue aún más pronunciada a lo que se esperaba en un principio. Por ejemplo, la inversión cayó un 11,2% año/año en el segundo trimestre, mostrando el peor comportamiento desde  2009, cuando la crisis mundial azotó a los mercados. En términos relativos, la inversión hoy en día solo pondera un 16% dentro del PIB de Brasil, número que se compara muy pobremente con los países promercado de la Región, donde la inversión explica mas o menos un 30% de los respectivos PIB.  

Muy relevante también, la evidencia muestra que ni siquiera la preparación para un evento de la relevancia de la Copa Mundial, con todo el turismo y gasto que éste generó, pudo evitar que el PIB cayera. Teniendo en cuenta los números recién publicados, los análisis internos que hacemos en Bulltick ahora nos permiten pronosticar que la economía de Brasil crecerá en 2014, en el mejor de los casos, un 0,6% año/año. 

¿Qué es lo que pasa con esta historia, otrora la “niña bonita de la fiesta”, según el consenso de los mercados financieros? La respuesta a esta pregunta la verdad no es complicada. Brasil tiene un profundo problema de oferta, función de muchos años de implementación continua de malas políticas económicas, unas que han dejado un lastro muy significativo en términos de pérdida de competitividad. Los datos son claros: la economía de Brasil solo ha crecido un 72% desde 1995, número que se compara muy pobremente con, por ejemplo, el 89% de Colombia, el 147% de Perú, o el impresionante 180% de Singapur. 

Brasil ha sufrido de una impresionante perdida de competitividad porque mientras los países del mundo trabajan con ímpetu para volverse cada vez más competitivos para con la inversión privada, Brasil decidió estancarse en la idea endógenamente vendida de que el modelo de Brasil era ahora el modelo a seguir en el mundo. Es cierto que el capitalismo promercado sufrió un inmenso tropiezo en el 2008-2009, pero no es menos cierto que ese capitalismo ya recuperó gran parte del campo perdido. Más importante aún, la existencia de historias como la de Singapur demuestran que a pesar de todos los obstáculos y problemas que se encuentran en cualquier proceso de desarrollo, el darle mucha libertad, bajos impuestos, ayuda financiera, y en general limpiarle la vía al emprendedor, es el camino correcto a seguir. 

Un par de ejemplos. Según el Doing Business Report del Banco Mundial, versión 2014, para comenzar un negocio en Singapur se necesita llevar a cabo tres procesos que tardan, en promedio, 2,5 días en finalizarse. En Brasil los números son 13 y 123 días, respectivamente. Según esta misma publicación, en Singapur un negocio promedio solo gasta 82 horas al año pagando sus impuestos. En Brasil el número es 2.600. Mejor dicho, en Brasil un negocio promedio gasta 108 días del año haciendo trámites para pagar impuestos. Y como si esto no fuera suficiente, la tasa total de impuestos de las empresas como porcentaje de las utilidades alcanza un 68,3% en Brasil, comparado con el 27,1% de Singapur. 

No se necesita ser un genio para caer en cuenta de que con estas condiciones para hacer negocios los capitalistas van a pensar dos veces antes de armar o expandir una planta en Brasil. Esto no es cuestión de izquierda o derecha, o de ideología. Es cuestión de lógica. De números. De sentido común.