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Jardinería de la Innovación (II)
Para Aubert los casos mundiales de éxito se fundamentan en las ventajas comparativas, tales como los recursos naturales (clima amigable para los vinos en Chile), la mano de obra (educada y barata en Vietnam), o la posición geoestratégica entre varios mercados (proximidad de Rumania a los mercados de Europa del este). Los países con sucesos deseados han explotado inteligentemente esas ventajas. Inicialmente no se fijaron un umbral muy alto, pero tampoco fueron adversos a las tecnologías necesarias para moverse hacia arriba en la cadena de valor. Para innovar esos países exploraron sistemáticamente alrededor del mundo por nuevo conocimiento, por ejemplo nuevas tecnologías o métodos gerenciales, mientras construían gradualmente sus propias competencias locales.
Corea del Sur es un buen ejemplo, empezaron a desarrollar su base industrial en electrónica y construcción de buques mediante la compra de tecnología extranjera, la cual acompañaron con educación técnica y vocacional masiva, antes de invertir en educación universitaria especializada y desarrollar investigación para volverse un innovador global. La falta de una adecuada política para mejorar y cambiar a una clase superior en la economía del conocimiento, explica porque algunos países que han sido éxitos en sectores intensivos en mano de obra barata como textiles y flores, tienen dificultades al expandirse en nuevas áreas de crecimiento.
Las iniciativas regionales algunas veces espontáneas y sin apoyo del gobierno central, juegan un papel crítico en los procesos de cambio. Un ejemplo son las industrias de las tecnologías de la información y las comunicaciones y del software en Bangalore, India, la rápida propagación de la moda de innovar en la economía ayudo a crear un clima general de confianza para las reformas y la inversión en otros sectores.
Otra importante lección que destaca es que cambiar todo un país raramente sucede rápido. El movimiento normalmente es gradual y empieza con determinadas historias de éxito en industrias específicas o zonas geográficas. Los exitosos construyeron una masa crítica de iniciativas usando ambos enfoques, de arriba a abajo y de abajo a arriba, conducentes a reformas más amplias. China es el principal caso, al empezar con reformas en algunas áreas costeras para verificar si funcionaban antes de expandirse a otras partes del país, de ahí subieron en la cadena de valor y sofisticación tecnológica.
Construir ecosistemas innovadores dinámicos toma tiempo, al menos una década. Los proyectos innovadores tardan alrededor de tres a cinco años para dar fruto, y de siete a diez años antes que una industria específica muestre significativa creación de trabajo o generación de ingresos. Así mismo considera importante buscar apoyo de expertos independientes, por ejemplo para el análisis de las políticas públicas, para así fortalecer la credibilidad en estas iniciativas.
También estima clave integrar la visión sobre la innovación con las estrategias de desarrollo de largo plazo. Por ejemplo China decidió volverse la fábrica del mundo y Malasia espera ser líder mundial en la sociedad de la información. La visión le permite a un país definir prioridades e implementarlas entre todos los ministerios y a través de todo el territorio, con políticas debidamente alineadas acompañas de la adecuada inversión.
Esto requiere de manera explícita un enfoque amplio del gobierno de muy alto nivel. Finlandia es un caso emblemático con el muy influyente Consejo de Política de Ciencia y Tecnología, dirigido por el propio primer ministro e integrado por los ministerios claves, incluido el de finanzas, así como por representantes de los empresarios y los trabajadores. En la mayoría de los casos los esfuerzos fallan porque carecen de la suficiente autoridad. Hacer que esto trabaje exige fuerte liderazgo político, disposición colectiva y compromisos claros. Al caso de Finlandia se le suman todas las experiencias exitosas como la de Corea del Sur, Singapur, Israel, China y por supuesto Japón y Estados Unidos, entre otras.
En resumen, Aubert plantea que la política para la innovación es un componente clave para las estrategias de desarrollo en el siglo XXI, pero para que tenga éxito, los innovadores deben tener respaldo de los hacedores de política de alto nivel en los gobiernos central y local, que demuestren tener la visión, el pragmatismo y la habilidad para trabajar creativamente en contextos institucionales exigentes.
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